Diego Cevallos Rojas

Correa en blanco y negro

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El discurso del presidente, Rafael Correa, el 24 de mayo, exhibió con meridiana claridad su pensamiento: para él y su gobierno el mundo es bicolor y la democracia el camino para guerrear e imponer. Todo es una batalla y cada acción oficial una gesta libertaria. Un poder prisionero de tal perspectiva es ciego, sordo y, me parece, que peligroso.

Para el Presidente no hay matices. Poco importa que la humanidad haya dado pasos gigantescos a favor de los derechos de todos, que haya sufrido sudor y sangre para reconocer y promover la diversidad, la convivencia y tolerancia, y que tengamos frente a nosotros y por gracia a variadas culturas, creencias, países, familias y formas de entender el mundo.

Interpreto que para el Presidente se han vuelto casi un exotismo conceptos como la separación de poderes, los frenos y contrapesos, los balances y vetos entre instituciones del Estado, la política de acuerdos, el respeto y la representación de las minorías y otros tantos por lo que los que han bregado, luchado y hasta muerto los propulsores de la democracia moderna.
“Nos quieren imponer la política ‘light’, la política de mostrador.

Nos quieren hacer creer que la política democrática es necesariamente la política del consenso”, señaló el Presidente.

Con facilidad pasmosa y refiriéndose a sus críticos separó aguas entre represores y reprimidos, entre esclavistas y esclavos.

Mencionó que “ayer como hoy, todos los que se oponen a la verdadera liberación de nuestros pueblos hablan en nombre de la “libertad” y recordó que Pinochet derrocó a Allende en nombre de “Chile libertario”. Fácil, así todo calza y se simplifica.

Pero ese discurso es falso. La mayoría de quienes están en contra del gobierno no admiran el esclavismo, ni quieren represión o entregar el país al imperio. Peor aman a Pinochet o buscan que el país regrese a sus peores momentos. Lo que desean es balances institucionales, una justicia independiente, prensa libre y, por supuesto, equidad y lucha contra la pobreza.

No se demanda el consenso per se, sino el diálogo democrático, el respeto al contrario, la rendición de cuentas, los límites institucionales. En otras palabras, democracia. Basta leer la carta de la OEA referente al tema, un texto nada ‘light’.

“Nos quieren vender la paz del coloniaje, la unidad de la claudicación, el consenso del sometimiento. Responderemos con más revolución”, expresó Correa.

No sé quiénes desean lo indicado por el Mandatario. Lo que sí, advertimos el creciente autoritarismo y abogamos por la paz y los acuerdos.

Oponerse a la persecución al disidente, la justicia parcializada, el inconmensurable impuesto a las herencias, la dictadura del “amor”, las sabatinas que denigran, la negativa a una consulta popular y la insidia del organismo que persigue periodistas, entre otras cosas, no provienen de los admiradores de Pinochet ni de los defensores del imperialismo, sino de gente creyente de la democracia y las libertades.