Manuel Terán

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31 de August de 2011 00:01

¿Qué hace que las clases medias de algunos países de la Región en unos casos se adhieran y en otros sean indiferentes a regímenes políticos salpicados por los escándalos que practican una marcada intolerancia hacia sus críticos? ¿Cómo se explica que sociedades que se caracterizaron por un aceptable nivel cultural, de pronto se vean hechizadas por postulados de corte abiertamente populista a sabiendas que, más tarde o temprano, esas medidas engendrarán nuevas crisis? Parecería que, en un mundo cada vez más materialista e individualista, cada uno mira exclusivamente en su beneficio propio y se niega a observar, e incluso a escuchar, a aquellos que se dedican a la ingrata tarea de advertir, analizar y presentar escenarios que podrían arrancarles de la burbuja en la que viven. Se resisten a pensar que el confort puede terminar, que la bonanza puede desaparecer y que probablemente vuelvan a las épocas de interminables agobios que les impedían realizar lo que ahora es su gloria: consumir. Sociedades que por décadas vieron represadas sus ansias de tener todo a su alcance, desconfían de quienes quieren conectarlos con la realidad recordándoles que estos ciclos de bonanza terminan, se esfuman y que, si no se ha sido cauto en el manejo de recursos, la resaca suele ser bastante dolorosa.

Por varios años algunos países latinoamericanos obtienen importantes ingresos por el alto valor en el mercado mundial de sus exportaciones. Aquello ha permitido a sus gobiernos mostrarse espléndidos con la frugal riqueza. Reparten el dinero en subsidios, realizan adquisiciones, contratan personal, los estados toman a su cargo las obras de infraestructura, existe crédito; inundan de circulante los mercados creando satisfacción en la población. Amortiguados por esta aparente bonanza los ciudadanos ni hurgan en lo que hay detrás de estas prácticas, simplemente las aceptan ya que de una u otra forma participan del reparto.

Sumidos en ese frenesí consumista no reparan en que muchos de los procedimientos están reñidos con la más elemental ética, no advierten la destrucción de valores por los que se ha luchado por décadas, son indolentes ante los abusos y exabruptos del poder. Son complacientes y sumisos ante la nueva realidad que les ha sido impuesta, asumiendo los maltratos como algo sin importancia frente a las canonjías obtenidas.

Todo se acepta y se calla. Realizan verdaderos actos de fe brindando su apoyo en las urnas a los que, supuestamente, los han redimido. Una mirada más acuciosa permite advertir que, como siempre, los soportes durarán mientras existan recursos. Cuando estos se esfumen y escaseen y no exista forma de alentar la fiebre consumista, los regímenes y sus líderes perderán el encanto y desaparecerá su aureola de infalibilidad, retornarán a su condición humana. Habrá acabado la fiesta.