Gonzalo Ruiz

La consulta como fin o como táctica

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La consulta popular, mecanismo recurrente del ejercicio de la política, surge como una propuesta presidencial y con eco social decidor.

La perversión del uso de la consulta como instrumento de poder recurrente durante la última década dio a este instrumento legal cobijado en la norma constitucional un aroma a uso abusivo y ficción del poder real del voto popular.

Es verdad que nada hay más directo que el voto de la gente, pero no deja de ser cierto, además que un uso populista sustentado en la propaganda y la construcción de los ideales de los afanes de cambio y revolución lograron que la gente apruebe en las urnas cosas descabelladas que se convirtieron en un harakiri, hasta cierto punto ingenuo y poco meditado.

Quizá el ejemplo más ostensible fue aquel de ‘meterle las manos a la justicia’. Es verdad que el país esperaba muchos cambios, entre ellos el fin de la manipulación de algunos de los viejos partidos a los jueces, las presiones, la sepultura del tráfico de influencias y la justicia aplicada con rigor y sin conmiseración para el de poncho y con contemplación cómplice con los poderosos y las élites que jamás se sometían al verdadero imperio de la ley, la base esencial de una sociedad democrática.

Por expulsar al viejo poder instalaron, con el azote del modelo de poder concentrado impuesto por la dictadura de los brazos alzados en Montecristi y la ratificación del voto popular sin mayor reflexión, una nueva forma de meter las manos en la justicia, de influir desde las alturas del poder y de condenar con una lengua fustigadora cuando los ahora llamados ‘operadores’ de justicia se atrevían a desafiar las órdenes de instalar procesos, iniciar indagaciones o condenar a los señalados como ‘enemigos’.

Los correos y las filtraciones no parecen solo anécdotas inconexas, pero como se advierte de la privacidad de tan delicada correspondencia es mejor no citarla, no vaya a ser que ciertas manos todavía muevan los hilos de las marionetas de la justicia y las sacrifiquen a dejar la escena o claudicar.

Así las cosas, el empeño y la delicada insistencia del presidente de la República muestran que no le quedará otra opción para hacer cambios fundamentales en aspectos políticos, en áreas que no han funcionado y donde, probado está, que la Constitución que debía durar 300 años fue inoperante, excluyente y consolidó el modelo concentrador, distante de una democracia de la gente, de la participación ciudadana proclamada.

Ahora abundan las expresiones de actores políticos y sociales, hartos del sistema que imperó y dominó la década pasada donde la libertad de expresión y los derechos no fueron respetados. Todos quieren poner sus preguntas en escena.
La quirúrgica operación consistirá en concebir una reforma y acertar con los temas, pocos, claros, directos sin los vericuetos y trampas del pasado, para mejorar la calidad de una democracia silenciada, apocada, sometida, ausente.