Antonio Rodríguez Vicéns

Sobre la Constitución de Montecristi

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5 de November de 2013 00:01

El 12 de agosto de 2008, hace más de cinco años, antes de que se apruebe la Constitución en la consulta popular, escribí: "Una lectura minuciosa, artículo por artículo, del proyecto de Constitución elaborado en Carondelet y aprobado en Montecristi, con cambios incorporados a última hora con trampa y mañosería, permite introducirnos en un texto excesiva e improcedentemente extenso, alejado de la más elemental y aconsejable técnica jurídica, poco coherente y sistemático, contradictorio, farragoso, repetitivo, con vacíos incomprensibles pese a su pretendida prolijidad y su reglamentarismo, con novelerías rayanas en la puerilidad y la tontería y con una redacción ambigua y recargada, que, más allá de los ocasionales aciertos, nos llena de confusión e incertidumbre. Es un bodrio.

"Una segunda lectura, que nos lleva a analizar la estructura institucional que se pretende dar al Estado, nos entrega nuevos y reveladores datos. En efecto, el proyecto establece una estructura orgánica tan alejada de nuestra tradición constitucional que, más que un novedoso afán de cambio y renovación, o la búsqueda de una participación directa y democrática de los ciudadanos, delata la influyente intervención en su redacción de asesores extranjeros -reconocida incidental y vergonzantemente- y una excesiva tendencia estatizante. La eventual aprobación de ese proyecto produciría un inusual crecimiento del Estado -más gasto público, burocracia y corrupción- y una peligrosa disminución de los espacios de la sociedad civil.

"Es probable que las lecturas señalada no permitan, como los árboles impiden ver el bosque, descubrir otras evidencias subyacentes y también importantes: el proyecto, que no ha sido redactado para el país, reconociendo su diversidad ideológica, sino para un proyecto político excluyente y concentrador, servirá, si fuere aprobado, para consolidar y, paradójicamente, 'legalizar' la dictadura correísta. Esa dictadura que ya padecemos, fraguada en la mentira y la descalificación, el abuso y el atropello, y apuntalada por la ingenua ilusión, o la indiferencia ciega y la falta de perspicacia, o los traumas y resentimientos, o el sectarismo y la connivencia, o el servilismo y la cobardía de muchos ecuatorianos".

Aparte de los criterios expuestos, que han sido confirmados con el paso del tiempo y que prueban que la oferta de un texto constitucional milagroso constituyó un perverso engaño de la 'revolución ciudadana' a los ingenuos y esperanzados ecuatorianos, creo que hoy es imprescindible, a la luz de los acontecimientos de estos siete años, añadir uno nuevo: si el país desea evitar en el futuro otros proyectos políticos autoritarios, deberá desmontar el andamiaje legal, sectario y represivo, que se la ha impuesto, y, por necesidad, reformar a fondo la Constitución o derogarla.