Juan Valdano

Conrad y Gauguin

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0
11 de October de 2012 00:03

La visión descarnada del colonialismo y la añoranza de la inocencia primigenia (ese paraíso perdido), están presentes en la obra de dos excepcionales testigos del mundo moderno: Joseph Conrad y Paul Gauguin. Sus testimonios iluminan, al menos lateralmente, ese abismo insondable de la condición humana. No deja de escucharse en las novelas de Conrad la voz demorada del hombre que ha curtido su vida en largas travesías de mar. A sus compañeros de aventura los convoca a las páginas de sus libros. Hablan de la hazaña temeraria del despojo y el dominio colonizador en África y Asia. Gauguin, al igual que Conrad, escapa de Europa, se hunde en universos que están más allá de su horizonte cultural y geográfico, en las antípodas del mundo civilizado de entonces. Con su baúl a cuestas, desembarca en 1891 en Tahití, isla perdida de la Polinesia. En busca de lo exótico, la libertad sin normas, el edén extraviado: el Adán y la Eva en su despojamiento primigenio. A ese supuesto paraíso Gauguin llevó su infierno: la sífilis inoculada en los burdeles de París.

Contratado por una sociedad belga de comercio, Conrad formó parte de un grupo de negociantes de marfil que, a bordo de un barco mercante, se internó en los selváticos territorios que atraviesa el río Congo, en junio de 1890. La experiencia vivida en aquella ocasión, el contacto con los pueblos nativos y sus ritos sangrientos, le sirvieron para escribir ‘El corazón de las tinieblas’. La novela narra la fluvial travesía por aguas oscuras y repletas de ominosos presagios.

En sus telas, Gauguin busca reproducir la armonía entre el ser humano y la naturaleza; busca la Eva primigenia, la dignidad sustancial de lo humano. Pinta nativas desnudas con la mirada limpia y despojada de lascivia, esa tara que la civilización acarrea. Y mostrándose entre la soledad y la solidaridad se pinta a sí mismo en medio de aquella gente sencilla, como uno más de esa sociedad tribal a la que no acosa la ética del laboro diario que tanto atosiga a la civilización consumista.

Las ideas de Darwin y la sombra del superhombre nietzscheano circulan, cual un río subterráneo, por los textos de Conrad. La clave de sus relatos estaría en la ironía: parece decirnos que la barbarie más atroz no está en la jungla, se agazapa en el corazón de una civilización depredadora que en nombre del progreso lleva la destrucción y la muerte a pueblos inermes.

En la mirada de Gauguin hay un intento de adentrarse en las vidas de los nativos; sin embargo, hay todo un universo que los separa, una distancia psicológica y cultural. Gauguin no llegará a encontrar la clave para ingresar en esa ciudad secreta. Permaneció fuera del paraíso. Su infierno, la sífilis traída desde su mundo, lo mató; la civilización de la que abjuró un día se vengó. Era un extraño al paraíso; en sus venas portaba el veneno de la sierpe.