Carlos Alberto Montaner

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21 de January de 2014 00:02

El gobierno de Obama desea multiplicar los intercambios estudiantiles. La iniciativa tiene una difícil traducción al español: 100 000 Strong Educational Exchange, pero el concepto se entiende fácilmente.

Washington propone que 100 000 estadounidenses estudien en China y otros tantos chinos estudien en Norteamérica. El proyecto abarca también a Latinoamérica: matricular 100 000 estudiantes en universidades de Estados Unidos y viceversa.

La hipótesis pedagógica establece que conocer directamente otras culturas e idiomas elimina prejuicios: desasna y universaliza. Recuerdo cómo varios amigos cubanos y peruanos abandonaron espantados el comunismo cuando estudiaban en la antigua URSS.

La tesis económica postula que al vivir y estudiar en Estados Unidos, muchos extranjeros se familiarizarán con la investigación y el emprendimiento, de manera que al regresar a sus países, serán más innovadores y productivos.

¿Por qué Washington lo hace? Primero --sospecho- porque sus políticos más previsores consideran que el país estará más seguro en un mundo más parecido a Canadá que a Corea del Norte.

En segundo lugar, por ese instinto filantrópico, mezclado con intereses políticos, que yace en la cultura norteamericana. En los sesenta la Alianza para el Progreso gastó 30 000 millones de dólares inútilmente. La voluntad de ayudar existe y manifiesta de diversas maneras.

En tercero, porque ayudar al prójimo lo beneficia a uno mismo. Por ejemplo, mejoraría la deficiente educación norteamericana en geografía, historia e idiomas extranjeros. Magnífico.

No se trata, claro, de hacer relaciones públicas. Contrario a la más extendida superstición, la percepción entre los latinoamericanos sobre Estados Unidos es bastante buena. Latinobarómetro, que mide este fenómeno, confirma que un 77% de los hispanoamericanos manifiesta una buena opinión de Estados Unidos. Quienes dicen admirarlos más son los dominicanos, salvadoreños, panameños y hondureños. Aproximadamente, un 90% de ellos aprecia notablemente al poderoso vecino. Los argentinos son quienes menos los estiman, pero incluso entre ellos un 54% comparte un buen criterio sobre los norteamericanos .

A mi juicio, será más fácil lograr que chinos, latinoamericanos, europeos y africanos se empapen en la cultura norteamericana y se beneficien de ese contacto que al revés. Es una especie de regla universal de la dispersión e impacto de la influencia. Cuando Atenas fue el centro del mundo, miraba al resto con desdén. La palabra bárbaro describía, precisamente, al extranjero. Roma hizo lo mismo. La paradoja (y maldición) de las grandes naciones es que, por mirarse el ombligo, acaban por ser culturalmente provincianas. En todo caso, no está nada mal intentar corregir esa deficiencia.