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La confianza de la ciudadanía en la política se va reduciendo, no solo ahora que la crisis económica se va haciendo tangible, sino desde que la revolución ciudadana viene construyendo un sistema apartado de las características más importantes de la democracia.

El personalismo, la apatía ciudadana, el individualismo, el monopolio del discurso político, la corrupción, la propaganda, la ausencia de deliberación para la decisiones públicas. Son características que han conducido a la desconfianza en la política y al arrinconamiento del Gobierno que trabaja a la defensiva.

Ya no defiende sus decisiones como buenas sino que las justifica con el endeble argumento de que antes se tomaron decisiones peores.

En tiempo de crisis, la desconfianza es mortal porque conduce a la invalidación de las soluciones que se plantean aunque sean buenas.
Las soluciones deben ser impuestas porque el Gobierno ha perdido el capital político necesario para merecer el respaldo de los ciudadanos.

El grado de desconfianza que hemos alcanzado se ve de manera cruda en la sospecha de que el Gobierno está aprovechando la tragedia de Manabí para obtener más recursos que le permitan mantener un nivel de gastos desmesurado.

Los retoques cosméticos al gasto no son suficientes para devolver la confianza. Tampoco sería una solución la reducción drástica del gasto público porque afectaría al empleo y al consumo. También son evidentes las dudas que genera la introducción del dinero electrónico.

Lo que tendremos es la posibilidad de medir el grado de desconfianza al que hemos llegado, cuando las personas y las empresas prefieran perder dos o cuatro puntos del IVA antes que arriesgar la pérdida de sus capitales, como dijo el Alcalde de Guayaquil.

Si el Gobierno pretendiera recuperar la confianza perdida, tendría que implementar al menos tres medidas correctivas.

Una democratización de las leyes que han reducido derechos y libertades a los ciudadanos, incluyendo derechos que pretendían ser un desarrollo de las garantías anteriores, como el derecho a la resistencia, pero que han quedado en letra muerta o como sarcasmo político.

La reconstrucción de un espacio público en el cual los ciudadanos se sientan con el derecho a alzar sus voces y hacer conocer sus opiniones sin temor a ser aplastados por el todopoderoso Estado.

Esta medida incluye la restauración de la confianza en la justicia como posibilidad de defensa del ciudadano y también incluye la devolución de la libertad y la independencia a los medios de comunicación para que cumplan su tarea de vigilancia al poder en nombre de los ciudadanos.

Una tercera medida es la promoción de una cultura participativa que oriente a los ciudadanos en la forma de encarnar los valores democráticos en los hábitos y costumbres cotidianos.
No es seguro que sea posible recuperar la confianza, pero hay que intentarlo.