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El jueves 2 de julio, recibí la llamada de una amiga querida. L., siempre alegre, decidida, valiente, alcanzaba apenas a expresarse, en medio de su llanto. Finalmente, me contó que M., su queridísima prima bogotana, madre de dos niños de 14 y nueve años, acababa de morir de cáncer en plena y bella madurez, luego de haber enfrentado valientemente dos etapas de la horrible, dolorosa enfermedad.

Cuando alguien cercano se ve invadido por el sufrimiento y espera el aliento de nuestra amistad, experimentamos la imposibilidad casi metafísica de consolar. Su dolor llegaba a mí, me llenaba de pena, de aflicción intransmisible: mi comprensión, mi compañía querían alcanzarla en mis palabras, pero me sabía incapaz de devolver un ápice de calor a su recuerdo de los momentos de asistencia mutua que jamás volverían a ser, de esos instantes de rara y exquisita comunicación entre dos seres que dialogaban, leían, reían y amaban tantas cosas similares, en plena simpatía, en acuerdo que solo se valora absolutamente cuando absolutamente se pierde…

Aunque L., mi amiga, que con sutil inteligencia busca y encuentra concordancias inimaginables en acontecimientos distintos y distantes, me sorprendió más tarde con un ‘descubrimiento’, para mí tristísimo, pero que a ella, en medio de la desgracia, parecía anunciarle cierta paz: Su prima M. había muerto el día de mi cumpleaños… ¿Anuncia esta coincidencia un cierto ‘deber ser’ de mi parte, frente a lo irremediable? ¿Sustituye una amistad a otra amistad perdida? ¿Es, esta concurrencia, cuestión de una mente generosa que encuentra consuelo donde no puede existir y dota de sentido a lo que solo es casual? Casualidad, causalidad son principios antagónicos. Lo casual no tiene explicación, aunque nos forcemos por encontrarla; no puede evitarse ni prevenirse.

La causalidad, en cambio, vastísimo atributo filosófico que muchos adoptan, reconoce en lo existente esa íntima ley según la cual cada efecto tiene una causa que lo antecede y explica.

¿Qué anuncia para L., la coincidencia entre la muerte de M., su amiga irreemplazable y mi desprovista y escasa presencia? ¿En qué medida me compromete e incluye? Por mi parte, solo atino a evocar un párrafo del poeta inglés John Donne, (1572 -1631) del cual Hemingway extrajo el título de su novela Por quién doblan las campanas: “Ningún ser humano es una isla, nadie es completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si se hubiese ido la casa de uno de tus amigos o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, cuando escuches doblar las campanas, nunca preguntes por quién lo hacen: están doblando por ti”. ¿Puede, esta intuición poética, consolar a mi amiga de la pérdida irreparable? ¿Puede tranquilizarme a mí, este sabor a totalidad en la muerte, que todo lo iguala?