Alfredo Negrete

Las concertaciones en el Ecuador

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Aunque deslumbrados por el extraordinario triunfo de la Mesa de la Unidad Democrática de Venezuela, es la oportunidad - a pesar de la desazón del momento actual- de recordar que tuvimos algunas experiencias de concertaciones políticas. Sin embargo, ayuda repasar referencias históricas de la experiencia nacional y conceptuales de la Ciencia Política. Este propósito es indispensable; no para los soberbios actores políticos, sino principalmente para los ciudadanos comunes.

La teoría de la democracia “consociativa” -dellatín consociatio, no hay traducción en español- se elabora a finales de las guerras de religión, en los tiempo de formación de los Estados Nacionales. Sus inicios se sitúan en los Países Bajos donde eran marcadas tensas diferencias religiosas, lingüísticas o étnicas. Si las corrientes de división y enfrentamiento seguían profundizándose y no era posible conciliar esos territorios fragmentados jamás arribarían a los niveles de los Estados Nacionales. Pero lo hicieron y siguieron adelante.

En este entorno han persistido experiencias históricas de gran relevancia. Tales procesos deben ser comprendidos como acuerdos entre contrarios, con resignaciones a posiciones al parecer irreductibles, para adoptar decisiones que tengan una proyección hacia el futuro para mantener los objetivos que permitieron el acuerdo inicial.

Por ese motivo antes de registrar otras experiencias es necesario destacar las que se dieron en el Ecuador. En 1944 existía un repudio político casi absoluto contra el régimen constitucional y el país soportaba la humillación de la agresión territorial de 1941 y el protocolo al que fue obligado a fines de enero en 1942. En esa circunstancia se fraguó un acuerdo político denominado Acción Democrática Ecuatoriana (ADE), integrado con fuerzas de izquierda y derecha, desde comunistas hasta conservadores, que concluyó con el sangriento derrocamiento del gobierno el 28 de mayo de 1944, la convocatoria al Dr. Velasco Ibarra, la instalación de una constituyente y la expedición de la Constitución de 1945. Es decir, una concertación -fuerzas opuestas y objetivos comunes, que incluso fueron recogidos parcialmente en la Constitución de 1946-.

La segunda experiencia fue el Plan de Retorno de 1978. Por primera vez para restaurar la democracia, se eludió la ruta poco prestigiada de una Asamblea Constituyente y se concertó un Plan de Retorno a la Democracia que permitió a contrapuestos actores como militares y civiles planificar medidas y procedimientos que tuvieron gran proyección democrática. Se logró un acuerdo sobre leyes básicas como la Ley de Partidos y la realización de un plebiscito que aprobó una nueva Constitución. Una lección dejaron estas experiencias y algunas otras del continente. Si no hay concertación de fuerzas grandes, medianas y pequeñas, el caudillismo y su lastre, el autoritarismo, resurgirá como un corcho que ha sido hundido bajo el peso de una barra que, una vez levantada, permite que el indeseable objeto retorne a la superficie.