Gonzalo Maldonado

Cómo hacer una reforma política

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¿Qué tipo de ciudadano queremos ser los ecuatorianos? ¿Cuáles debieran ser nuestros valores cívicos y democráticos esenciales? Estas son algunas preguntas que deberíamos responder para asegurarnos que cualquier reforma política tenga posibilidades de éxito.

De lo contrario, malgastaremos tiempo y energía en un debate casi bizantino sobre las características del sistema político más idóneo para el país, sin reparar en el hecho incontestable de que los sistemas políticos son gobernados por las personas, y que son ellas las que deben cambiar primero para que todo lo demás funcione.

En otras palabras: un nuevo sistema de Gobierno y de Estado no modificará el viejo comportamiento de los líderes políticos. Este mismo razonamiento se aplica a todos los demás ecuatorianos, para quienes democracia solo significa la posibilidad de votar esporádicamente.

Nada sabemos sobre el significado de ciudadanía, civilidad o servicio público, pues nuestra educación política dista mucho todavía de ser la adecuada para vivir en democracia.

Los pensadores políticos clásicos vieron tempranamente la importancia de la cultura democrática para el buen funcionamiento de las sociedades y por ello dedicaron sendas obras a la educación política de las personas. Locke (“Some Thoughts Concerning Education”) y Rousseau (“Emile”) son, con seguridad, los libros más importantes en esta materia.

Ambos pensadores buscaron formar un ciudadano cuyos intereses personales no entrasen en conflicto con el bien común, inculcando en ellos un acendrado sentido de la justicia y una clara misión de servicio público. Para Locke, la vía para conseguir ese ciudadano ideal era el cultivo de la razón, pues ella sería el instrumento que nos mantendría alejados de nuestros apetitos personales, de nuestra natural disposición a “dominar a los demás”.

Para Rousseau, por el contrario, la educación de las pasiones humanas era el vehículo para formar un mejor ciudadano. La compasión –o la empatía, como ahora se dice– era, para el pensador suizo, la pasión más importante pues ella nos permitiría entender la situación de los demás y nos haría, por tanto, más proclives al diálogo y a la tolerancia.

Más allá de eliminar ese mal llamado Consejo de Participación Ciudadana y de erradicar la reelección indefinida –ambas, acciones evidentemente necesarias– deberíamos educarnos en los alcances de la democracia y en la naturaleza del Estado de Derecho.

Si no hacemos eso, nuestro comportamiento ciudadano no cambiará y pronto tendremos un nuevo aprendiz de dictador rigiendo nuestros destinos y disponiendo a su antojo del dinero público. Y lo peor de todo es que llegará al poder con nuestros votos.