Enrique Echeverría

El viejo penal

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El García Moreno abrió sus puertas al público y presentó una exposición. En lugar de guías penitenciarios, hay guías de museos que acompañan a los visitantes en el recorrido por las celdas y los pabellones.

Su futuro es incierto: unos piensan convertirlo en un hotel de lujo. Pero es solo un buen propósito.

Conocido como el “panóptico”, tiene un lugar central desde el cual se ven todos los pabellones. Tenía un pabellón especial para presos políticos, en el que alojaron al general Eloy Alfaro y sus compañeros de lucha liberal y de donde los extrajeron propinándoles golpes mortales, y el cuerpo del lider liberal fue arrastrado por las calles y sus restos quemados en el parque de El Ejido.

El 30 de marzo de 1946, el Presidente doctor José María Velasco Ibarra proclamó la dictadura. Estudiantes de la Universidad Central, ubicada, entonces junto al Palacio de Gobierno, nos declaramos en huelga. Era día lunes, posterior a la proclamación dictatorial.

No sé qué rumores habrían llegado a oídos de las autoridades, pero –por lo que se pudo ver- estimaron que teníamos armas. El día miércoles siguiente en la madrugada, llegó un cuerpo de Ejército, apoyado por un tanque de guerra y tres ambulancias de Cruz Roja. Los militares cortaron las cadenas de la puerta principal, ingresaron profusamente armados y se encontraron con unos ciento cincuenta estudiantes que no teníamos ni un alfiler como arma. A nuestro dirigente –a quien no le agrada que revele el nombre- lo maltrataron físicamente, pero continuaba gritando: “Abajo la dictadura”. Nos obligaron a ir en una sola línea, asidos de la cintura del próximo, en pasos muy cortos y así llegamos al Penal. No hubo celdas suficientes para asignar una a cada quien. Nos alojaron tres en cada una. Al autor de esta nota le correspondió permanecer cinco semanas, hasta que prácticamente me echaron a la calle.

Allí conocí de cerca a los presos. Más tarde, dada la escasa economía, arrendé una casa un poco más arriba del penal y descubrí que estaba rodeado de exconvictos. Su cercanía me dio más conocimientos sobre su personalidad delincuencial.
Al abrir el expenal al público, vino el recuerdo de la celda que nos alojó y la experiencia de un estudiante soltero, sin responsabilidades de familia y convencido de la lucha en que estaba inmiscuido. Un estudiante de esas condiciones es valiente y los “carcelazos” no le amedrentan.

En aquel tiempo regía un Código Penal que sancionaba la rebeldía de estudiantes como contravención, con prisión de cuatro días y hasta siete, según la gravedad de la falta. Parece que es suficiente para controlar. El duro trato que están recibiendo estudiantes del Mejía, Central Técnico y los 10 de Luluncoto, es excesivo y debería revisarse: es Navidad. La desproporción de la pena no amilana al joven guiado por ideales.