Fernando Tinajero

Tartufos y tartuferías

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París, 1664: Molière presenta ante Luis XIV los tres primeros actos de su “Tartufo”, provocando tal cantidad de protestas de quienes se sienten aludidos, que a pesar de haberse divertido, el rey se ve forzado a prohibir la presentación pública de la obra, que deberá esperar hasta 1670 para estrenarse. Tartufo es, en efecto, un truhán que se hace pasar por un piadoso varón con el fin de apoderarse de los bienes de Orgón, y de paso, de los favores de su mujer. Sordo ante las voces que tratan de advertirle, Orgón se deja impresionar por los gestos de devoción del farsante, y llega a entregarle todo lo que tiene. (Si el lector no recuerda el desenlace, le ruego dedicar un par de horas a tan saludable y deliciosa lectura).

Sin embargo, Tartufo es un personaje que preexistió al autor de su retrato y se encuentra hoy tan fresco como en el siglo XVII. Se lo ve con frecuencia en estos días: suele servir de comodín a la publicidad comercial que ha transformado una festividad religiosa en una feria de frivolidades inútiles, porque las “honnêtes gens” de nuestros días no han podido resistir la tentación de obedecer ciegamente a la publicidad. Para decirlo más directamente: la tentación de obedecer al Capital.

La más tartuferaria de las actividades navideñas ocurre sin duda cuando algunas personas, de cuya rectitud no puedo dudar, caen inocentemente en la trampa y se prestan para promover las campañas que organizan las empresas para los niños pobres o para los “ciudadanos de la tercera edad”, como se llama ahora a los viejos. Los tartufos de nuestro tiempo imaginan que los niños y los viejos menesterosos se reducen a ese puñado de afortunados elegidos, y tienen la ventaja de comer solo en diciembre, porque el resto del tiempo se los puede olvidar sin remordimiento. Acercarse a ellos con cara angelical, palabras melosas y gestos de piedad, es la versión capitalista de la devoción cristiana, que nunca se menciona pero está siempre flotando sobre las piadosas escenas de amor circunstancial. Una devoción, por cierto, que ha olvidado ya la enseñanza aquella que prescribe un gran sigilo para dar, hasta el extremo de que “la mano izquierda no debe enterarse de lo que entrega la derecha”, porque quien entrega algo y lo anuncia a los cuatro vientos, “ya recibió su recompensa” y no puede esperar otra en ese cielo que desea ganar para siempre.

No tengo especiales motivos para defender la pureza en la práctica del cristianismo, ni estoy llamado a hacerlo; me repugnan, sin embargo, actitudes como esa, que toma de pretexto una celebración religiosa para mostrar el “buen corazón” de empresarios que se regodean ante las cámaras cuando entregan sus “generosas” donaciones. En su contabilidad, sin duda, aquellas donaciones serán inscritas como gastos de publicidad: su éxito reside en la renta que ello les produce. ¿Y los pobres? En buena hora si los hay; sirven para exhibir un tartuferario “amor al prójimo”. Por eso no conviene que desaparezca la pobreza.