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Nació en 1916 en Baños de Tungurahua, pequeña, breve y bella ciudad de paisaje singular. Creada la Casa de la Cultura, en 1944, Benjamín Carrión la nombra bibliotecaria. Desde entonces ‘vinculada estrechamente al movimiento intelectual ecuatoriano, participó, directa o indirectamente, en la causa de la idea en el Ecuador’.

Pienso en Laura, encargada de esa biblioteca que comenzaba a vivir, obligada a una labor persistente que combinaba el estudio y la atención a cuantos llegaban, no solo a la biblioteca, sino a la Casa misma. Cumplía su trabajo cotidiano, convencida de que la misión que se le encomendó contribuía a que las personas que acudían a la biblioteca mejoraran espiritualmente a base de buena lectura.

Poetas, escritores, pintores, artistas, casi siempre pobres de solemnidad, acudían a la Casa y recalaban en la biblioteca. Laura les ayudaba con solícita bondad, adivinando sus carencias y necesidades. César Dávila, el Fakir, bohemio de los de antes, en su alcohólica fragilidad era como un niño al que Laura admiraba; ella guardaba los poemas sueltos que aquel escribía en cualquier hoja de papel abandonada al azar, y el poeta recibía, sorprendido y agradecido, sus versos olvidados.

En 1947, Laura Romo Rivera se casó con el abogado Jorge Crespo Toral, en cuya compañía llegó a cumplir 95 años de vida. Querida y respetada por todos, en 1992, el entonces presidente de la República, doctor Rodrigo Borja, miembro numerario de la Academia Ecuatoriana, otorgó a Laura Romo de Crespo la condecoración de la Orden Nacional al Mérito. En 1999, recibió la ‘Medalla al Mérito Cultural Benjamín Carrión’ y aun cuando el 8 de marzo de 2001 cumplió 56 años al servicio de la Casa, y se le rindió merecido homenaje, ella eligió seguir en su tarea cotidiana de directora de la Biblioteca Nacional del Ecuador, título que recibió cuando dicha Biblioteca se trasladó a la Casa de la Cultura, y que la convirtió en la primera mujer directora de este extraordinario acervo nacional. Renunció voluntariamente a esta dirección, en septiembre de 2008.

César Dávila Andrade le dedicó dos hermosos poemas. Imposible resistirnos a la tentación de trasladar aquí alguno de sus versos de “Canción a la bella distante”, escritos en honor de esta mujer ejemplar:

“No era mi poesía. Mis poemas no eran. Eras tú solamente // … Clara como la boca del cristal en el agua, / tierna como las nubes que atraviesan el trigo / por los lados de mayo. // Dulce como los ojos dorados de la abeja; / nerviosa como el viaje primero de la alondra. // Eras tú y tenías delgadas de esperanza / las manos que me huyeron / En tu sien, extraviadas, bullían las sortijas. / En tus perfectos ojos abril amanecía. // Andabas como andan en el árbol los astros. / Rezabas en silencio como una margarita. // ¡Oh, quién te viera abriendo esos libros que amabas / con el alma inclinada a la luz de las fábulas / Qué viñeta de rosas tenían tus mejillas / cuando abrías los labios de amor de las palabras. / Y qué resplandeciente ciudad de serafines / descubrías, de pronto, en el cielo de estío”…