Alexandra Kennedy-Troya

Pensamientos y suspiros

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Ni autoayuda ni comunidades espirituales vendidas como papas fritas. Lejos de ello, no quiero convencer a nadie de nada. No soy pastora de almas si no puedo ni con la mía. Así que generoso lector, sirvan estas palabras, que por supuesto no son las mías, para llevarnos a reflexionar en ciertos tópicos humanos que van más allá de papeles, regalos, tortas de Navidad, intercambio de sorpresas, promesas incumplidas.

Los medios nos venden todo: formas de vestir, de divertirnos y también de amar. ¿Cierto? Amar es crear una serie de dependencias de acuerdo con lo que te programas vivir. Ay de que se te ocurra cambiar de sendero, desviarte en cuanto a las expectativas creadas casi siempre a imagen y semejanza de tus antecesores. Ay de que te conviertas en una persona que selecciona lo que ingiere por temor a transgénicos tóxicos; que cosas tu propia ropa a tu medida; que no pretendas hacer tremendos gastos para salir de vacación. Eres un ‘looser’ de última. Y los que no tienen quieren tener para comprarse el último modelo de auto, y luego si ya lo tienen, pasárselo viejito a la esposa y comprar uno pequeño a cada uno de los hijos.

El éxito, mmm… el éxito es una palabra transformada en dólares. Tener éxito en la vida no es tener curiosidad, conocer y compartir con diferentes seres humanos, gozar con el conocimiento, bailar, amar y orar; ¡no! Otra vez ‘looser’ de porras. Éxito, entiéndase bien, es tener un buen sueldo, vestirse a la última moda sin repetir las tenidas; tener un lugar bueno en la playa; construirse la casa de los sueños con decorador de interiores que supla el mal gusto que adquirimos; estar asegurado hasta los dientes y… no se te ocurra meterte a la medicina natural, esa no da prestigio ni es cubierta por la compañías aseguradoras. Estás mamado, te dirán con sorna, esas cosas no se hacen hippy de no sé qué.

Así que nuestras patéticas existencias están a merced de la gente –familiares, amigos, jefes- y cosas con las que creemos se configuran nuestros propios deseos y metas. Todo perfectamente programado. Una opresión que no sabes de donde viene (y es la que tú mismo programaste). Mal, mal. El objeto del deseo –dinero, poder, éxito, aprobación, buena reputación, amor, amistad, espiritualidad, Dios- no pueden ni deben constituir dependencias, lazos invisibles para hacerte creer que con una de ellas o la combinación de algunas serás tú y encima feliz.
Es en la soledad en la que nos construimos, es en el saber soltar en el que somos y nos reconocemos, es en la pequeñez de nuestras vidas y la sencillez donde nos encontramos. Así lo dijo en muchas ocasiones Anthony de Mello, el maravilloso jesuita que fue proscrito por el papa Benedicto XVI, entonces en otro cargo. Sus enseñanzas no eran rentables, no funcionaron con el mercado. ¡Feliz Navidad!