Pablo Cuvi

El oso misterioso

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Un chico me preguntó si entendía a Putin. Respondí que para mi generación los rusos y su política siempre fueron un misterio. Criados en medio de la Guerra Fría, nos enterábamos por los diarios, los curas y la revista Selecciones que se trataba de unos seres malignos que ansiaban imponer su diabólica doctrina en todo el mundo porque eran ateos, bebían vodka y se comían a los guaguas. Sus agentes en estas tierras del Opus Dei eran los militantes del Partido Comunista, que recibían el oro de Moscú para sus protervos fines.

Pero resulta que cuando tenía unos doce años, en Manta, conocí a un comunista que era una buena persona: el sastre Ramos. En el fondo de su taller ubicado frente a la iglesia de La Merced, el maestro guardaba literatura soviética en español y me prestaba unas novelitas de espionaje en las que el mundo funcionaba exactamente al revés: los malos eran los buenos y la KGB desenmascaraba a los agentes del capitalismo. En realidad, quienes nos mostraron las terribles turbulencias del alma rusa fueron Dostoievski, Tolstoi y compañía con sus personajes endemoniados, violentos, desesperados, y con sus guerras épicas.  
Luego, la crisis de los misiles instalados en Cuba volvió más temible la imagen de un imperio de izquierda que traía la guerra nuclear a nuestras narices. Pero cuando llegué a la Escuela de Sociología y al marxismo (ese invento de alemanes llevado a la práctica por rusos) la política soviética era cuestionada justamente desde la izquierda. Para algunos grupos radicales, los ‘cabezones’, como se apodaba a los seguidores de Moscú, resultaban tan nocivos como los agentes de la CIA. Pruebas al canto, el PC boliviano no había movido un dedo por el Che Guevara, abandonándolo a su suerte.

Y persistía la huella ominosa de Stalin, a cuyas barbaridades no hay nada que agregar salvo el lado positivo durante la Segunda Guerra Mundial. Leyendo ‘Forged in War’, sobre las negociaciones de Roosevelt con Churchill y Stalin, se descubre el respeto que el norteamericano siente por el soviético porque sabe que el Ejército Rojo es indispensable para derrotar a la Alemania nazi. El precio será la ocupación de Europa del Este pues, como anota el canciller inglés, “Stalin es un descendiente político de Pedro El Grande más que de Lenin”.

Ahora tenemos a Vladimir Putin, exagente de la KGB a quien los descomunales ingresos petroleros le despertaron también sueños imperiales. Despótico como corresponde, ególatra que se toma fotos con el torso desnudo mientras sus panas se llenan los bolsillos, ha dicho que el oso no pedirá permiso para salvaguardar su bosque. Chechenia, Georgia, Ucrania, Siria, prueban que no se anda por las ramas. Visto desde Occidente, es otra vez el demonio eslavo; para la mayoría rusa de nacionalismo exacerbado simplemente está tratando de consolidar sus fronteras. Lo único cierto es que se ha quedado chiro y eso puede alterarlo del todo.