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El poder es una ilusión, enigmática, fugitiva, y seguirá siéndolo hasta el final de los tiempos. Sobre el poder todos opinamos, rememoramos, imploramos; mascullamos sobre él cuando alguien se ha apoderado del mismo y ha inoculado miedo en un país o el mundo. Lo denigramos confundiendo a las masas mediante espectáculos delirantes: el circo romano, los bufones, las proclamas públicas. Alrededor del poderoso, el infaltable corro de áulicos festejan sus maromas casi siempre ridículas.

Cuenta la historia que Melgarejo —el dictador boliviano analfabeto—, cuando alguien lo encontró con el periódico al revés, le sugirió que lo sitúe debidamente. El déspota respondió: “… el que sabe leer, lee nomás”. Como este episodio podríamos ofrecer centenares: la esencia de los todopoderosos, ignaros o no. Jamás admiten que son seres humanos susceptibles de errores; les produce escozores saberse o sentirse mortales. Entre las derivas del poder, los monumentos. No hace mucho, con ceremoniales militares y civiles, se erigió un monumento en Quito a un político de un país hermano cuya memoria yace anegada de flagrantes hechos delictivos. ¿Dónde quedó la reclamación altiva y rebelde de los quiteños?

El poder seduce y fascina; lo practicamos y nos domina. Quienes no piensan como el poderoso son, ipso facto, sus acérrimos enemigos. El poder corroe, obnubila, masacra. Pero, quizás, lo más maligno de todo es que los poderosos guardan la convicción de que todo lo que hacen es lo mejor para sus pueblos. Carlos Fuentes no duda que Hitler amó a su pueblo igual que Stalin; el primero proclamó que amar a Alemania estaba imbricado con odiar todo lo que se le opusiera. Stalin escamoteó su odio hacia todo lo adverso a lo que él creía, pero su crueldad se convirtió en arquetipo nefando ejecutado desde el Estado.

Sobrellevamos el poder a diario en todos los
países del planeta. Un aura aciaga pende sobre quienes lo ostentan. Pero en la realpolitik y en el fanatismo religioso, abundan las cabriolas, las necedades, las egolatrías, las crueldades. Quienes se creen poseedores de la verdad no pueden conjugar sino dos verbos: mentir y fingir. El poder es mito y realidad.

Construye una relación de actos y voluntades espectrales que se internalizan en el individuo y en la sociedad. Ningún autócrata es capaz de decir a los pueblos que los beneficios que reciben son costeados por los mismos pueblos; se regodean en infundir que solo él es el gran benefactor. El poder es lo malo pero también lo bueno. El Estado, como gran “monstruo gélido”, nos aplasta mediante su gigantesco poder totalitario; no obstante, lo acatamos enfadados a veces, quizás porque el poder se alberga en nosotros mismos. “El infierno son los otros”, sentenciaba Sartre. El infierno son los déspotas, podríamos acuñar nosotros. Así no tengan la perversa grandeza para ser ni siquiera eso.

Columnista invitado