Rodrigo Borja

Política y deporte

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Parecería inadecuado relacionar el deporte con la política, pero no lo es. El deporte ha formado parte de la política desde épocas muy remotas. Ha sido utilizado como instrumento de distracción pública para desviar la atención de la gente de sus problemas económicos y sociales. El “pan y circo” de los antiguos romanos, con sus gladiadores y carreras de caballos, está aún vigente. La vieja enseñanza política de que a los pueblos hay que darles espectáculo y entretenimiento para que sus ojos no se posen en sus malas calidades de vida ni en la corrupción o errores de sus gobernantes ha encontrado una frecuente aplicación en los tiempos modernos. Y los triunfos deportivos han servido como instrumentos de prestigio nacional, influencia política y proselitismo.

En 1936 los Juegos Olímpicos de Berlín fueron usados por Hitler para promocionar el nazismo y pretender demostrar la superioridad de la raza aria. Y el dictador nazi se indignó con las cuatro medallas de oro alcanzadas por el corredor negro estadounidense Jesse Owens: en 100 y 200 metros planos, salto largo y relevos 4x100. Los regímenes comunistas convirtieron a las gestas deportivas en “correas de transmisión” de sus designios políticos. En la guerra fría EEUU y la URSS boicotearon, a su turno, los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 y de Los Ángeles 1984.

Los Juegos Olímpicos de 1972 en Munich estuvieron marcados por una tragedia. Una banda palestina mató a dos atletas de Israel y secuestró a nueve, que luego murieron en el intento de liberación por la policía alemana. Como parte de la guerra fría, EEUU retiraron a sus deportistas de los Juegos de 1980 en Moscú, en protesta por la invasión soviética a Afganistán, actitud seguida por otros 64 países. Cuatro años más tarde la URSS se retiró de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, junto con 15 países que hicieron causa común. Pero estos conflictos disminuyeron al terminar la guerra fría y desde entonces las competencias olímpicas se han desarrollado con normalidad.

Años más tarde EEUU y Cuba ensayaron la “diplomacia del béisbol” al autorizar el gobierno yanqui que un equipo de las grandes ligas viajara a La Habana en marzo 99 para un encuentro de béisbol con un equipo de Cuba. Esto no había ocurrido en los últimos 40 años. Triunfaron los norteamericanos en un partido intensamente disputado, transmitido por radio y televisión a toda la isla. El béisbol es una pasión nacional tanto en EEUU como en Cuba. Los jugadores norteamericanos fueron recibidos con un prolongado aplauso y Fidel Castro estuvo en la primera fila para ver la competencia. La “diplomacia del béisbol” tuvo la virtud de bajar las tensiones entre los dos países. Sin embargo, sus relaciones volvieron a descomponerse con la ascensión de George W. Bush y se abrió nuevamente una etapa de tensión.