Manuel Terán

¿Avanzamos?

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De tanto en tanto, cuando los populismos y nacionalismos de todo cuño rebrotan a lo ancho del planeta y las tensiones resurgen amenazando borrar de un plumazo lo conseguido con enorme esfuerzo, surge la pregunta: ¿en realidad nos encaminamos a estadios de estabilidad y progreso donde las mayorías aún excluidas puedan tener alguna esperanza de mejorar sus infames carencias; o, por el contrario, ahondamos la conflictividad y persistimos en enfrentamientos de la más variada índole que ponen trabas a ciclos virtuosos que permitan arrancar a centenas de miles de las garras de la pobreza? El siglo anterior ha sido prolífico en logros en materia de salud y avances tecnológicos. La caída de la tasa de mortalidad infantil en casi todos los países del orbe ha sido una constante. Más habitantes acceden a programas de educación y el analfabetismo retrocede. Todo ello es muy bueno. Pero tiene un límite y, en vez de que el crecimiento de las ciudades sea organizado, las grandes urbes se llenan de barrios periféricos con carencias de toda clase, que presionan sobre las arcas de los gobiernos locales que no se alcanzan a dar abasto a las necesidades básicas de sus habitantes. Estos, a su vez, reclaman atención y son el caldo de cultivo perfecto donde progresa el discurso irresponsable de los politiqueros que, traficando con las angustias de esos seres desposeídos, captan su apoyo para traducirlo en poder político, para instaurados en las altas esferas cometer desafueros que deteriorar aún más las precarias condiciones de vida de los que les brindaron apoyo.

Un círculo perverso que se repite una y otra vez. Pero por otro lado esos imperios obscenos asociados a los políticos afincan aún más sus raíces, por lo que cada vez se vuelve más difícil extirparlos. Son los poderes paralelos que surgen por fuera de la ley. Los que se consolidan a través de ilícitos, a base de conseguir canonjías para saltarse los procedimientos, los que controlan espacios donde florecen los negocios que compiten con los sectores formales, los que se apropian de los dineros de la obra pública; y, en general, se aprovechan de los espacios vacíos dejados por Estados paquidérmicos que, al final de cuentas, no regulan ni controlan nada.

Salvo contadas excepciones, el mundo es un gran pañuelo donde florecen la marginalidad y la informalidad. En el que los ciudadanos cansados de no ser atendidos por los poderes públicos, buscan a su modo obtener los servicios que requieren para su vida diaria. Cualquier barriada de Buenos Aires, Río de Janeiro, México DF presenta un cuadro desolador, un collage que refleja el desamparo y la angustia en la que se desenvuelve el día a día de sus habitantes.

Si no se toman a tiempo correctivos necesarios, ese será el futuro de nuestras ciudades en los próximos veinte años. Si bien ahora mismo son una realidad lamentable, el problema en adelante tenderá a agudizarse. Más aún si sus habitantes se mantienen como rehenes de sus propios victimarios, que a través de un discurso plagado de mentiras han conseguido una hegemonía política que los retiene en la miseria.