Pablo Cuvi

El periodismo rebelde

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A la hora de los balances, una de las manchas más oscuras de esta década populista ha sido el ataque incesante a los medios de comunicación independientes, política de Estado que dividió al mundo del periodismo en dos áreas antagónicas: del lado del Gobierno, es decir, del bien y la justicia, los medios y los comunicadores alineados dócilmente con el discurso del poder; del otro lado, los réprobos que han merecido los peores epítetos.

Lo más triste es que así han funcionado los gobiernos autoritarios desde los tiempos de la Colonia cuando el padre del periodismo nacional, Eugenio Espejo, fue a dar con sus huesos en la cárcel por haberse atrevido a criticar a las autoridades que representaban a la Corona. Con esos parámetros maniqueos nacía un oficio que planteaba a sus aprendices una clara disyuntiva: o te ponías del lado del poder político y espiritual y amarrabas la balsa de tu existencia, o te rebelabas y corrías el riesgo de terminar colgado de un poste como les sucedió a varios miembros de El Quiteño Libre, periódico que desafío al primer caudillo de nuestra historia republicana, el general Juan José Flores.

Cualquier estudiante de colegio sabe el nombre que viene a continuación: don Juan Montalvo, quien enfrentó al gran tirano curuchupa Gabriel García Moreno, y luego al despilfarrador Ignacio de la Cuchilla, pero nadie recuerda a los que escribieron a favor de los opresores de turno. Son los dignos y los rebeldes quienes se ganan un puesto en la historia de nuestro periodismo; a los otros se los lleva el viento.

Ya en el siglo XX, ante la persistente figura de José María Velasco Ibarra surge de inmediato en la memoria el nombre de Alejandro Carrión, quien pagó con sucesivos encarcelamientos y un atropello que casi le cuesta la vida su combate contra la corrupción del tercer velasquismo.

Y si algo de bueno tuvo el gobierno represivo de Febres Cordero fue haber despertado por oposición, en los años 80, a una nueva generación de periodistas que se expresó sobre todo en el joven diario Hoy, donde se destacaron el Cajón de Sastre y las columnas de humor político del Pájaro Febres. Allí empezaron también Roberto Aguilar y Felipe Burbano, quienes se cuentan hoy entre los más claros y agudos críticos del aparato del poder mientras algunos de sus colegas se pusieron a las órdenes de una mascarada verde que prometía el oro y el moro.

Alguien dijo que la disyuntiva era entre comer en Carondelet o comerse la camisa. Ok, pero cuando los historiadores quieran saber qué mismo pasó en esta década anegada de propaganda no buscarán en la prensa gobiernista sino en los medios que brotaron por necesidad en la red: sitios como 4pelagatos, que ha incorporado a varias mujeres; o Plan V de Juan Carlos Calderón, el perseguido del Gran Hermano junto con Zurita; o Fernando Villavicencio, que destapó la corrupción petrolera. Ellos son los auténticos notarios de esta bancarrota.