Óscar Vela Descalzo

Criadas y esclavas

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Nadie vio venir aquel período de tormento y oscuridad que cayó de pronto sobre el planeta, a pesar de que las señales que lo anunciaban eran claras. Al deterioro vertiginoso del medio ambiente, provocado en esencia por el cambio climático y por la contaminación de las fuentes de agua y zonas agrícolas, se le sumó el temor congénito de los miembros de esa nación por la avalancha de migrantes del tercer mundo que pretenderían traspasar las fronteras para intentar salvar sus vidas.

Pero alguien pensó que no iba a ser suficiente con cerrar las fronteras, pues, aunque se consiguiera mantener lejos a los indeseables, casi todos provenientes de sociedades y culturas inferiores, sus ideas revoltosas y sus perversas ideologías siempre podrían filtrarse en las imágenes y los sonidos que desconocen de límites impuestos por la humanidad. Y, ¿qué decir de las creencias de esos pueblos? acaso no se encontraban allí entre ellos los mensajeros de satanás, terroristas al servicio de dioses no reconocidos en el primer mundo?

Por otra parte, los índices de natalidad eran tan bajos y la mortalidad tan elevada que, muy pronto, la humanidad entraría en la lista de especies en extinción, y, poco más tarde, terminaría desapareciendo. De modo que la decisión que debieron adoptar los políticos teócratas de aquella nación donde gozaban del favor de las mayorías creyentes fue, de algún modo, justa y necesaria. Se suprimieron entonces la libertad de prensa y los derechos de las mujeres. Así, el nuevo régimen tomó control de la información y de la procreación de la especie apoyado en las escrituras sagradas y en la palabra de su dios. Aunque los disidentes, que los hubo, tildaron al gobierno de ‘dictadura puritana’, sus voces se diluyeron frente a la aplastante infalibilidad del dogma convertido en norma.

En adelante, las mujeres fueron divididas en castas que dependían de su status social, del grado de compromiso de su esposo o sus familias con el régimen, y, sobre todo, de su aptitud para tener hijos. Las infértiles eran inmediatamente desechadas o reducidas a las labores más peligrosas. Los sementales, por su parte, como ideólogos y miembros activos del gobierno, gozaban de todos los beneficios sociales y económicos, pero en cumplimiento de las sagradas escrituras, les estaba vedado el placer.
Así, las mujeres volvieron al tiempo de la servidumbre y la esclavitud, aunque muchas en realidad no comprendían si alguna vez dejaron aquella condición inferior.

La escritora canadiense Margaret Atwood, publicó esta visionaria historia en 1983 con el título de ‘El cuento de la criada’ (The Hundmaid’s Tale). Pronto se convirtió en un suceso literario y llegó incluso a las pantallas de televisión, al cine y al teatro. La distópica historia de una nación convertida en teocracia, bien podría hacerse realidad en estos tiempos en que se pretende que las ideas, las ideologías y las creencias tengan los derechos que les corresponden a los seres humanos.