Gonzalo Ortiz

Oportunidad eclesial

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La elección, hace apenas dos meses, del obispo vicario apostólico de Esmeraldas, monseñor Eugenio Arellano, como presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, y el nombramiento este jueves de monseñor Andrés Carrascosa como nuevo nuncio del Papa en el Ecuador representan la gran oportunidad para que la Iglesia avance en su salida a la periferia, su compromiso con los pobres y su defensa de nuestra casa común, la Tierra.

La tecnología nos permite conocer bastante más de Mons. Carrascosa que de nuncios anteriores. El boletín emanado a la vez en Roma, Panamá y Quito nos dice que nació en Cuenca de España en 1955. Tras buscar en Google nos enteramos de que, como diplomático profesional de la iglesia, estuvo en Liberia, Suiza, Brasil y Canadá, y como nuncio apostólico, en la R.D. del Congo, Gabón y últimamente, ocho años en Panamá. Y que llegará a Quito a mediados de septiembre.

No le va a ser difícil ser mejor nuncio que su antecesor. Bastará que Mons. Carrascosa no desprecie al Ecuador y a los ecuatorianos, que entienda a la Iglesia y no se haga el quite de sus funciones como decano del cuerpo diplomático. Pero creo que podemos esperar mucho más: en You Tube se puede constatar el carácter pastoral de sus sermones, y en las entrevistas con la TV de Panamá y en su cuenta en Facebook, su apertura a los medios y a las nuevas tecnologías (rasgo infrecuente en obispos, no se diga en nuncios). El Secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Parolin, que sabe bien los problemas y necesidades de la Iglesia ecuatoriana, habrá nombrado a Carrascosa, de quien es coetáneo (ambos nacieron en 1955, fueron ordenados sacerdotes en 1980 y vinieron de nuncios a América Latina en 2009), con plena conciencia del reto que enfrentará.

Por otra parte, es notable que los obispos hayan elegido a Mons. Arellano para encabezar la CEE. Se ve que, en su 141ª asamblea plenaria, quisieron buscar a alguien de la periferia, un verdadero misionero. Y lo escogieron por sus virtudes y no su jerarquía, pues no es arzobispo sino obispo y no de una diócesis sino de una vicaría apostólica. Nacido en 1944, en Corella, Navarra, este español naturalizado ecuatoriano, vino al país hace 40 años; fue párroco de San Lorenzo y luego en Esmeraldas; ascendió a provincial de los combonianos, orden a la que pertenece, y, desde hace 22 años, es obispo vicario. Hombre abierto, identificado estrechamente con las aspiraciones y los sueños de Esmeraldas, tiene un profundo compromiso con los más necesitados. Me parece que los dos, Arellano y Carrascosa, no solo son los nuevos conductores de la Iglesia ecuatoriana, sino signos de esperanza de esa “constante actitud de salida” de una Iglesia que tiene que ser inclusiva, no excluyente ni auto-centrada, pobre para los pobres y casa común, como clama el Papa.

Columnista invitado