Manuel Terán

Desvergüenza

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No les alcanzó con pauperizar a la mayor isla del Caribe. Encontraron siempre como argumento el bloqueo y el embargo para pretender justificar el empobrecimiento de un Estado en el que un gran segmento de su población tiene como idea fija emigrar.

La nomenclatura decrépita que por más de media centuria se apoderó de tierras y almas a través de una rígida dictadura, se dio modos para exportar su fórmula 40 años más tarde, que aplicada por sus discípulos en otros países del continente tuvo igual efecto devastador. La oportunidad se les presentó con una favorable coincidencia que permitió a varios Estados latinoamericanos gozar de una etapa de apogeo, fruto de una riqueza insospechada proveniente del aumento del precio de las materias primas en el orden mundial. Aquello soportó la consolidación del populismo en la región, que dominó a sus anchas gastando a manos llenas el dinero que con facilidad inundaba las arcas estatales.

Concomitantemente germinaron las propuestas más descabelladas y fantasiosas, muchas de las cuales se quedaron a medio camino dejando una estela de despilfarro y corrupción escandalosa, como monumento a la equivocada gestión de lo público. Siempre disfrazaron sus errores con supuestas ejecutorias que, al parecer, los números les daban la razón. Pero al comparar lo que se hizo en otras épocas con menos recursos, su defensa se debilitó.

Hasta allí no pasaba nada. Pero en el momento en que se empezaron a debilitar los ingresos y la insatisfacción de la población comenzó a aflorar, provocando pérdida de apoyo popular, el castillo de arena se vino abajo. La señal más evidente de este período no es otra sino los abusos de los fondos públicos en beneficio de las camarillas instaladas en el poder.

Brasil, por su tamaño, es el caso más emblemático, donde la extorsión ha sido capitaneada en nombre del partido gobernante que se financiaba a través de obtener coimas en la adjudicación de obras públicas, desviando una parte en beneficio de los “operadores”.

Argentina es un asunto de espanto. El último evento, en el cual un alto funcionario que acompañó desde sus inicios a la pareja que administró el país durante más de una década fue pillado saltando una pared de un convento de monjas con casi una decena de millones de dólares en efectivo, quizá es la muestra evidente de cómo una pandilla se puede llegar a instalar en un gobierno con el fin de saquear las arcas estatales.
De Venezuela ya no hay que más añadir, con el agravante de los lazos de personajes del Gobierno con grupos acusados de graves delitos resulta estremecedor.

Frente a este escenario leer, escuchar y observar la defensa que realizan en favor de este modelo que se instaló en la región y sacaría de la pobreza a vastos sectores de la población, tiene ribetes de broma cruel. Pero revela que la tarea es tratar de sostenerlo a cualquier costo, porque el momento que son alejados del poder se desatan las amarras y empiezan a develarse los mecanismos que les fueron útiles para sus prácticas, que contradicen sus proclamas.