Fernando Larenas

Estado invisible

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Nueve años atrás, aproximadamente, un taxista quiteño comentaba uno de los momentos políticos que vivía el país de entonces con la llegada a Carondelet de otro presidente. La idea que desarrollaba se resumía en algo así como “no creo en tantas teorías ni en consignas políticas… el capital y el trabajo es lo único que importa…” Verá, decía tratando de explicar mejor su argumento: “si tengo capital me compro este taxi y si trabajo duro puedo aumentar el capital, pero si no trabajo me quedo sin taxi ni con nada”.

En las calles de esos días se apreciaba la euforia porque el nuevo presidente ofrecía una revolución y la felicidad total de la gente; se comentaba que al fin llegó al poder el hombre que nos va a cambiar la vida. La fe estaba colocada en una sola persona: en el presidente de la República. Mientras leía el libro ‘Los nombres ocultos’, de editorial Rayuela, escrito por el periodista Diego Araujo Sánchez, la memoria me llevó al taxista que hablaba de capital y trabajo, porque era uno de los pocos escépticos y tal vez por eso no participaba de la euforia colectiva.

El relato de Araujo Sánchez se ubica en el primer período presidencial de José María Velasco Ibarra, el más corto, de 1934 a 1935. El profesor fiscal Manzano había perdido su empleo porque el Gobierno necesitaba más vacantes para sus partidarios. Tres días a la semana Velasco recibía en su despacho a los ciudadanos que acudían a presentar quejas o a pedir favores. Manzano pedía ser restituido, llevó su carpeta, recomendaciones, etc. Esta fue la respuesta del presidente: -No puedo repartir un solo cargo más, señor; el único puesto vacante es este –y señaló la silla presidencial-. Tómelo, señor; ocúpelo, siéntese aquí… está vacante. Es suyo señor-. Y dio por terminada la audiencia. Pocos meses después de ese episodio el presidente sería destituido.

¿Qué lleva a la gente a creer que el mandatario aliviará todos sus males, su pobreza o sus frustraciones?

El gran Jorge Luis Borges consideraba que el ideal de una sociedad era un mínimo de estado y un máximo de individuo. Lo resume en esta anécdota: “Llegamos a Suiza (con su familia) y, como buenos sudamericanos, preguntamos quién era el presidente de la Confederación (Helvética). Se quedaron mirándonos, porque nadie lo sabía”.

Para Borges la excesiva presencia del estado como ente burocrático oprimía al ser humano individual. En ese país la política no se entrometía en la vida de los ciudadanos.

Lo que había en Suiza, explicaría después Borges, era un estado invisible, pero muy eficiente, que no daba consejos inoficiosos ni le enseñaba a los ciudadanos las claves para ser feliz. Lo más probable es que el taxista del primer ejemplo jamás corrió a abrazar un árbol y reunió capital para comprar el automóvil que le asegure estabilidad económica.