Roque Morán Latorre

Un hombre que dice ser Dios

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Parece cuento -pero es un hecho real- que a esta persona, un artesano, le haya tomado tres años convencer que es Dios a un puñado de valientes y decididos seguidores; éstos, a su vez, han cumplido una incesante y abnegada jornada que alcanza ya millones de millones de frutos en tierras estériles y en circunstancias superlativamente adversas. También admirable, y no menos sorprendente, es que ninguno de ellos tiene estudios universitarios, mucho menos, una Maestría o, peor aún, un título de PhD, ¡ni siquiera una instrucción básica!

Su mensaje es claro, directo, llega profundo, es para el pueblo y para la élite, para todos. Utiliza parábolas de lo doméstico para que le entendamos mejor. Está presente en medio de un mundo caótico, confundido, extraviado entre un recalcitrante egoísmo, su dureza de corazón y una grave sordera de alma; donde la vida humana se ha tornado despreciable, donde han surgido ideologías insólitas; donde lo material y el inmisericorde desprecio por lo trascendente es una faena habitual. Absortos miramos el engendro de una casta obnubilada en conseguir más dinero e intentar un aplastante dominio sobre sus congéneres, sin importar a qué o a quién pisotea y destruye.

La palabra que expresa, molesta, estorba, zahiere a los fariseos –antiguos y contemporáneos-. Choca con los más importantes y altaneros que, con su glotonería irrefrenable de poder, pretenden eliminarlo, borrarlo de la historia; procuran ocultar todo lo que pueda relacionarlo con cualquier asunto; lo crucifican, una y otra vez, con violencia aciaga, con guerras fratricidas, victimando a criaturas inocentes que sufren inequidad, injustica, hambre, dolor y muerte; en fin, arrasan un mundo en el que han abatido a la paz, donde una prostituida “libertad” otorga rangos de amos y serviles, de superiores y rastreros, de víctimas y victimarios.

Hoy tenemos a su representante –el Papa Francisco- que habla igual de claro y enérgico como él, célebre y aclamado (con hipocresía); predica con ejemplaridad que “no es con la fuerza de las armas de los hombres como Dios irrumpe en el mundo, sino con la espada de doble filo de Su Palabra, que descubre los sentimientos y pensamientos del corazón”.

Tiene influyentes, poderosos maldicientes y verdugos. ¿Quiénes son algunos de ellos? Son “los sistemas económicos y sociales que sacrifican los derechos fundamentales de las personas, los que hacen del lucro su regla exclusiva y fin último, quienes ponderan la primacía absoluta de las leyes del mercado sobre el trabajo humano”. También impiden su enseñanza, a más de otras graves circunstancias, la penosa epidemia de hogares rotos, de posiciones irreconciliables, de faltas de humildad, perdón y misericordia. ¿Lograremos destupir los oídos y el corazón de muchos que harían de esta Tierra algo mejor?

Columnista invitado