Elizabeth Drew

La agonía de los republicanos

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Es una época sombría para el Partido Republicano estadounidense. Aunque la mayor parte de sus bases abrazó a Donald Trump como candidato presidencial, a los congresistas republicanos les está costando aceptarlo como portador de su estandarte. Nunca había ocurrido algo así en la política estadounidense.

Sería bueno creer que los republicanos que no han apoyado a Trump (o que han expresado el recelo que les inspira) actúan según sus principios. Sin embargo, aunque es posible que estén preocupados por su comportamiento e idoneidad para el puesto, la mayoría se preocupa más por el impacto que su candidatura puede tener en sus carreras. Están divididos entre los reparos por su inexperiencia, imprevisibilidad y vulgaridad, y el hecho de que a muchos de sus electores les gusta. A pesar de lo mucho que se ha hablado sobre la unidad republicana, solo 11 de los 54 senadores del partido han refrendado a Trump. En la Cámara, solo 27 de 246 republicanos lo hicieron.

Incluso si Trump no hubiera ganado la batalla por la candidatura, el control del Senado por los republicanos hubiese sido vulnerable este año. Veinticuatro republicanos se presentan para la reelección (una cantidad inusualmente elevada) y al menos 10 de ellos corren el riesgo de perder. De ese grupo, solo seis refrendaron a Trump.

El mayor recelo ante Trump -tanto entre los republicanos y los demócratas como entre los independientes- deriva de que no está lo suficientemente informado sobre las cuestiones que debe conocer un presidente y, aún más preocupante, que es anormalmente ensimismado, impulsivo y temerario.

Su total falta de reparos en usar el racismo para lograr sus ambiciones también preocupa a sus detractores, quienes temen que esté alienando a grandes grupos minoritarios. Echar la culpa del asesinato de 49 personas en un bar gay de Orlando, Florida, a los inmigrantes musulmanes -aun cuando el tirador haya nacido en Queens, Nueva York, como el propio Trump- es tan solo el último ejemplo de sus tácticas.

En cuanto a los republicanos, su preocupación por la ofensa a las minorías implica un cierto grado de hipocresía. Los candidatos republicanos han dado señales de simpatía con el sentimiento racista desde la campaña presidencial de Barry Goldwater en 1964. Habitualmente, sin embargo, lo hicieron de manera lo suficientemente sutil como para evitar una repulsa generalizada.

Richard Nixon, por ejemplo, dio a entender a los obreros sureños y norteños que no creía en los intentos autoritarios para abolir la segregación en las escuelas. Y Ronald Reagan lanzó su campaña de 1980 cerca del pueblo en Misisipi donde tres activistas fueron asesinados por supremacistas blancos en 1964.

*Project Syndicate