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Apareció registrada por primera vez en la vigésima edición del DRAE (hoy DLE), de 1984, en estas acepciones: ‘Palabra mal dicha o estrambótica’ y 2. ‘Palabrota. Palabra malsonante’. Hoy luce así: palabro. 1. ‘Palabra rara o mal dicha’. 2. ‘Palabrota’, ambas acepciones con la marca ‘coloq.’, que significa que su empleo es coloquial, pues se usa en ámbitos llanos, en confianza.

Desde antes se hallaban en el diccionario muchos derivados de ‘palabra’: palabrada, palabreja, palabrero, palabrería, palabrero, palabrista.

Estos dos últimos, más palabrón, tienen idénticas acepciones: 1. ‘Que habla mucho’. 2. ‘Que ofrece fácilmente y sin reparo, no cumpliendo nada’ (el ‘no cumpliendo’, me disgusta, ¿no habría sido mejor y más fácil: ‘Que ofrece fácilmente y sin reparo, pero no cumple’?). Vienen luego en el DLE ‘palabrita’ y ‘palabritas mansas’ y, finalmente, ‘palabrota’.

¿Con cuál de estos terminajos definir el famoso portavoza, que vertió una tal señora Montero, de Podemos, el partido madurista de España, cuyos fundadores iluminaron con el milagro de su sapiencia –peculio mediante- la génesis del chavismo y sus resultados presentes? ¿Merece ‘portavoza’ el título de palabro o el de palabrota? ¡El de las dos, en una!: pues palabro es ‘palabra rara o mal dicha’ y ‘palabrota’, ‘dicho ofensivo, indecente o grosero’, por insultante para quien siente en amor esta lengua y su ‘condición de género’, como dicen las que saben.

La citada madama empleó portavoza como gran concesión a las mujeres, para que no andemos ‘invisibilizadas’. En sus afanes por hacerse notar no se dio cuenta, o sí, pero no le importó, de que ‘voz’, segundo término del compuesto ‘portavoz’, -‘el que lleva la voz’-, es gramaticalmente femenino y que, con poner sus determinantes en el género necesario, expresa el femenino o masculino que se busca: la portavoz, el portavoz; la ambigua portavoz, el ambiguo portavoz.

Pero volver ‘voz’ en ‘voza’, de modo que un hombre luzca ‘el voz’ y una mujer, ‘la voza’, es como pedir que un caballo golpee con ‘un coz’ y una vaca, con ‘una coza’: así se notarán mejor las diferencias, y las vacas, visibles por fin, ¡tan felices!

Pero vayamos a otros palabros, que, por desgracia, no faltan: ¿por qué el buen ‘listado’, que hasta hace poco era ‘lista de listas’, ‘que forma o tiene listas’, ahora lo emplea todo el mundo (y toda la munda), por ‘lista’? ¿Dónde quedó ‘la lista’ que hoy nadie usa, hasta hace poco, común y valiosa?

¿Y de dónde el horrible ‘adicionalmente’ tomó el significado de ‘además’?; anda por todas partes, porque, como listado por ‘lista’, el terminajo parece corresponder al afán de consagrar las palabras por el número de sílabas que la componen, más que por su significado. ‘Además’ tiene tres sílabas, contra las seis de ‘adicionalmente’; ¿cómo no sentirnos cultísimos al emplearlo?

¡Qué pena nos produce la lengua!, ¡qué inmensa pena, los que especulan con ella por verse o dejarse ver en el mercado de la vida, sin más, sin respetar su espíritu!