Roque Morán Latorre

¿Habrá bastado una década?

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Desde el execrable asesinato de Antonio José de Sucre, en 1830 (cuya autoría quedó en la impunidad), la ruptura de la Gran Colombia, más otros sucesivos y aciagos hechos que continúan hasta nuestro tiempo, se heredó y arraigó en Ecuador una sociedad corrupta, plagada de paradigmas nefastos que perduraron por casi dos siglos, atenazados –cual hiedra en piedra- a los cambios de época; que han mutado, quizás, en la forma, pero su consuetudinario proceder encubre, desde siempre, un fondo que ha permanecido pletórico de lacras, usuras y de poderes mal habidos.

Ecuador, abarrotado de riquezas naturales –irónicamente-, era un país pobre y acomplejado.

Hace 4 décadas, el inicio de la explotación petrolera avivó, aún más, el engendro de la corrupción.

Emergieron neo-castas sociales y económicas, con tentáculos inimaginables, asomaron protagonistas disfrazados de “peritos”, “expertos” y “analistas”.

Los explotadores foráneos, tan duchos en el tema oro negro, bajo contratos nada convenientes para los intereses de la nación, sacaron miles de millones de barriles ante la muda mirada, estoica e impotente, de los ecuatorianos; lastimero ambiente, con fétido olor, donde se “especializaron” los procesos de toma y daca, de lleve harto y quede impune.

Para vigorizar esa erudición de corruptos y corruptores, 200 años -o 40 años- nos son pocos. Máxime cuando vemos que esas castas originaron verdaderas dinastías, no solo por el abolengo, sino, sobre todo, por los vicios que conlleva el dinero fácil, el sacar provecho de “oportunidades” y de ser vivísimo con la información privilegiada.

El “nuevo” estilo del actual mandatario, tan dialogador, abierto, conciliador, ¿podrá contra esos bravucones poderes, violentos, incitadores de sentimientos rastreros, dotados de soberbia y prepotencia extremas? ¿Logrará, con ese talante, superar a tozudos e interesados herederos de las castas antes descritas que, inclusive, persisten en vociferar contra la legitimidad del actual régimen?

Quienes odian –qué palabra tan fea es odio, pero se lo percibe- al anterior mandatario, son, precisamente, los que fueron impactados por sus acciones y obras, por su implacable carácter, que tanta falta le hacía al país: ideología, plan, organización, ejecución, valentía, y hasta temeridad, acompañada por la imperecedera popularidad y aceptación mayoritaria de sus compatriotas.

Esperanzados, aunque algo inquietos, nos preguntamos si fueron suficientes 10 años para enderezar un rumbo que acarreó al país al descalabro, a la indigna pauperización, no solo en lo económico, también en lo moral y social, con marañas de inequidad, injusticia y -allí sí- con pérdida de libertad y paz, bajo el cobijo farsante de orden e institucionalidad (antes inexistente), regida por los sucesores de fática trayectoria, desde 1830.

Columnista invitado