Juan Valdano

Cultura de la política

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Toda cultura política se sustenta en una tradición de respeto a ciertos valores, creencias y pautas de conducta compartidos por los miembros de una sociedad, actitudes que hacen posible la persistencia de la democracia. La cultura política es un aspecto de esa visión general del mundo que tiene un pueblo, esto es, su actitud frente a la vida, sus reservas morales y espirituales, su disposición ante el futuro. El núcleo de toda cultura política está conformado por un sistema de valores básicos: respeto a la verdad y a la ley, participación ciudadana, diálogo con el poder, tolerancia, libertad, igualdad, civilidad, transparencia. Frente a ello, nunca han faltado ni faltarán creencias y expresiones culturales que, con el tiempo, han llegado a ser incompatibles con los nuevos valores, por lo cual se convierten en ocasiones de fricción y debate (tal el caso de las corridas de toros y ciertas formas de justicia indígena).

A la altura de este siglo, la cultura política busca consolidar una democracia sólida, cimentada en los valores de tolerancia, en el respeto a las minorías y en la pluralidad de la cultura. La democracia no se reduce al acto electoral. Ganar las elecciones no confiere al gobernante una patente de corso para actuar arbitraria e impunemente desde el poder. La autolimitación del poder es la señal objetiva de una verdadera cultura de la política. El mandatario es, por su origen, el servidor de todos, no aquel a quien todos deben servir.

Una sociedad ética es aquella cuyo fundamento es el respeto a la ley, la libertad para elegir, la facultad para discrepar y el reconocimiento al otro en sus propios valores, en su concepción del mundo y la vida. Todo apunta a un humanismo de la política, a una comprensión tolerante y sensible del ser humano y de sus cosas. Vivir en democracia es necesariamente convivir con gente que ostenta ideas y actitudes diferentes. Mi libertad a ser lo que soy es la misma libertad del otro a ser como es.

Cuando creíamos que el mundo moderno, en su imparable lucha por la libertad de los pueblos, había dejado atrás épocas oscuras en las que regían sistemas totalitarios y en cuyo seno el ser humano era reprimido por motivos de raza, ideología o religión, hoy con el advenimiento del siglo XXI, constatamos el resurgimiento de la intolerancia en todas sus formas. La intolerancia es la negativa a soportar la diferencia y la consecuente voluntad de eliminarla. La intolerancia crea secuela, es el dogma del fanático, la sinrazón que mueve al extremista, la obcecada idea por la cual mata y se inmola el terrorista. Es entonces cuando, la democracia degenera en autocracia, el debate parlamentario se convierte en concilio de los obsecuentes y la prensa libre se la desgarra en espectáculo público, como un remedo del más tenebroso rito del fascismo.