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En nuestro diccionario se registra: ‘ramera. De ramo. despect. Prostituta’.

Lo sabíamos, aunque ignoramos que las llamaron rameras por el ramo de manzanilla que, hacia el siglo XII, ellas colgaban sobre las puertas o balcones de sus viviendas, para que los clientes pudieran distinguirlas. Por esto, no convence que ‘ramera’ sea nombre despectivo. Se me ocurre que los ramos que cambiaban frecuentemente para que lucieran olorosos y frescos eran otra forma inocente, metafórica y poética, de mostrarse a sí mismas. Otros nombres las acompañaban, algunos menos duros o brutales que otros: cortesanas, furcias, meretrices, busconas, coimas, pencurias…

Ya en el Quijote, el ventero, al que nuestro caballero cree ‘señor del castillo’ cuenta con la ironía propia del pueblo andaluz, que en los años de su mocedad se había dado al ejercicio de la caballería andante, “yendo por diversas partes buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla”… haciendo tuertos, recuestando viudas, deshaciendo doncellas y engañando a pupilos… dándose a conocer por tribunales de casi toda España. Cervantes cita numerosos barrios de ciudades españolas que el historiador onubense Alberto Casas llama ‘universidades de la rufianesca’; entre ellos, El Compás de Sevilla.

Ordenanzas de 1527 obligaban a las oficiantes a cubrirse con un medio manto; se les prohibía usar vestido largo, guantes o sombrero, para que no se asemejaran a mujeres honestas…

Compás tiene una segunda acepción inevitable: ‘Territorio o distrito señalado a un monasterio y casa de religión, en contorno o alrededor de la casa y monasterio’; según Casas, muchas zahúrdas de El Compás, eran propiedad de la Iglesia y de conventos…

El barrio de callejas retorcidas se extendía ‘desde la Puerta de Triana hasta la del Arenal’; era amurallado con una sola puerta de acceso y un postigo –o mirilla- llamado ‘el golpe’, controlado por el ‘general’ o ‘padre’ de la mancebía. Estas últimas tienen numerosos nombres: casa llana, burdel, lenocinio, serrallo (que dice, como ‘harén’, más de encierro y ‘pertenencia’, que de libertad y elección)…

A mediodía, de regreso a casa, en una calle del centro de Quito donde, me imagino, se permite su presencia, veo esperar a mujeres de distintas edades; ninguna parece menor de treinta años; apenas conversan entre sí; se nota que, por algo como acuerdo mutuo, ocupan puestos fijos; tal vez ponen precio a su ‘servicio’ conforme a su edad, imagen o vestuario… ¿Dependen de alcahuetes o proxenetas, rufianes, gorrones, truhanes, mantenidos?… Quiero imaginar que trabajan para sí mismas y quizá para un hijo al que suelen esconder su profesión…

(Desvío la mirada, no pienso más; ¡qué lejos de esa realidad estamos, qué lejos de su sordidez!). ¿Las protege aún el sindicato que formaron hace años? ¿Están aseguradas? ¿Da, el ingrato trabajo al que se dedican, el fruto necesario para su vida, de por sí, desoladora y ofendida?…