Juan E. Guarderas

Oficialistas, hijos pródigos

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A mi me demoró bastante tiempo entender la famosa parábola del hijo pródigo. ¡Es tan sabroso el rencor! Además el perdón tiene un cierto aire de injusticia; en nuestros corazones humanos nos gustaría castigar y castigar sin fin. Por eso siempre me impresionó la madurez e inteligencia de esa parábola. Pues propongo que esa sea la lectura de cabecera de los ecuatorianos en estos próximos meses.

Aparece en el horizonte el fin de esta pesadilla. Durante estos años nos han mentido, manipulado, engañado,... (me freno, solo enumerar los ultrajes a los que este populismo nos ha sometido requeriría una edición de varios volúmenes deformemente gordos). Entendiblemente los ecuatorianos sentiremos una terrible sed de venganza, y querremos que se instale una guillotina en el medio de la infame – y multimillonaria – explanada de la Refinería del Pacífico. Tendremos tentación de pedir al gobierno francés que nos mande desde las catacumbas de París los restos de Robespierre, para clonarlo y que nos guíe en un verdadero Reino del Terror que se ensañe con todos quienes apoyaron y posibilitaron en alguna medida esta catástrofe.

Pero tenemos que ser maduros, y ver que hasta el 82% del país llegó a creer en las mentiras. Hay que reconocer que el discurso de renovación, de izquierda, de “manos limpias y corazones ardientes” en momentos tuvo visos de ser convincente.

No faltan nombres de quienes se ilusionaron con un proyecto que prometía maravillas, y luego se dieron cuenta que colaboraban para que el país reciba una caja de alacranes. Ahora ya no es el momento de seguir reprochándoles, sino de saludar su valentía de haber reconocido su error.
Carlos Vera, Alberto Acosta, el valioso grupo de Ruptura con Paula Romo, y un sinnúmero de personalidades cometieron un error, sí. Pero tuvieron el coraje de comprenderlo, de asumirlo, y de volverse críticos feroces de los hechos que se oponían a sus principios. Al hacerlo, personalmente creo que han cumplido con su ética y preservado su honor.

En estas elecciones el país tiene por delante una tarea titánica, debe unirse de manera masiva para derrotar al populismo. Esto solo será posible si hay la madurez para valorar a las personas que cambian su parecer. Se debe abrir los brazos y recibir con aprobación todas las deserciones de Alianza País. De esta manera la miríada de escándalos que se suceden a día seguido sí podrá tener un impacto determinante en las elecciones. Y, inch’ allah, durante el tiempo que queda el oficialismo se mantendrá como lo que ahora ya es, un reducido grupo de fervientes dogmáticos.

Recibir a los hijos pródigos y permitir que el haber caído en un engaño no se vuelva un estigma para la eternidad, estas son nuestras tareas si queremos demostrar la lucidez para superar el populismo.