Monseñor Julio Parrilla

Toca ir contra corriente

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jparrilla@elcomercio.org

La verdad es que me cuesta entender hacia dónde vamos. En la Guerra Fría, cuando los comunistas levantaban muros de cemento y telones de acero (¿sería para preservar la pureza de su ideología?), estábamos metidos entre dos mundos antagónicos. El miedo era la tónica general, amenazados por una posible contienda nuclear.

Ahora vivimos en un mundo unificado por los intereses del mercado que, a golpe de globalización, ha ido generando una auténtica crisis de civilización con sus innumerables patologías. La modernidad está bajo el dominio del capitalismo occidental. A nosotros nos toca inventar una modernidad propia, lo cual no resulta nada fácil, dada la crisis cultural, política e ideológica en la que vivimos.

Le guste o no a los que detentan
el poder, promotores de cultura y lenguaje únicos, la sociedad ecuatoriana, especialmente los jóvenes, es más deudora de la globalización mercantilista que de los imaginarios revolucionarios del siglo XXI. Sobre la ideología y la cultura prevalecen las consignas y una obediencia, más bizca que ciega, a los dictados del poder. A pesar de los aplausos, mandan los intereses inmediatos, capaces de adormecer la conciencia y de hacernos tragar lo que sea con tal de no caer en desgracia. De aquí la pasividad y la resignación, consecuencias del sistema dominante.

¿Necesariamente tiene que ser siempre así? Ciertamente que no. La tragedia que ha supuesto el terremoto ha dejado en evidencia que el hombre, en situaciones límites, puede sacar de dentro una inmensa capacidad de pensar, crear, organizarse, servir,… al margen del poder. Y es que la necesidad y el dolor quiebran la indiferencia y el miedo y nos hacen salir de nosotros mismos al encuentro del otro, por diferente que sea. Sería una pena que los intereses políticos apagaran este inconformismo, esta necesidad de ser familia en medio de la adversidad. Le pido a Dios que estos valores formen parte de nuestra modernidad, de nuestra forma de ver el mundo.

Lo que para unos son sueños, para otros son pesadillas… Cierto que las que hoy más se venden son estas últimas. Pero, si queremos subsistir, más allá de los patrones económicos y políticos del momento, es preciso que sigamos resistiendo y soñando. En política, la última palabra siempre está por decir… Por eso (será fruto de los años y del sano escepticismo que me embarga) cuando alguien afirma, siempre sin lugar a dudas, proyectos, constituciones y revoluciones milenarias, prefiero meter la nariz en el frasco del realismo y aspirar el aroma de la paciencia activa.

Ojalá que el individualismo reinante, o el sometimiento al dictado del poder de turno, no nos consuman. Si solo nos movemos por intereses egoístas o por miedo a los que mandan, será difícil asumir pactos colectivos y razonables. Es lo que está sucediendo. En medio del conformismo reinante, toca ir contra corriente.