José Ayala Lasso

¡Malcriaditos!

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Así calificó el presidente Correa a los altos jefes militares que expresaron su descontento por la manera autoritaria con que el Gobierno ha pretendido resolver algunos complejos problemas en el seno de las Fuerzas Armadas.

¡Malcriaditos!, les espetó Correa, no usando el diminutivo de cercanía y amistad, con el espíritu tímido y afectuoso propio del habla tradicional ecuatoriana, sino el diminutivo que empequeñece, que añade al insulto el desprecio, que agravia con la palabra y agiganta el agravio con la insolencia, que golpea con el puño y aplasta con el pie.

El Presidente no reflexiona cuando le mueve la pasión y no tiene costumbre de examinar con serena objetividad los componentes de un problema. Por el contrario, mide los hechos según sus estándares psicológicos. Por eso ha endilgado el “malcriaditos” a quienes protestaron dignamente por encontrar que sus derechos estaban siendo conculcados. El Ministro de Defensa –obligado a renunciar por sus desatinos- añadió el calificativo hiriente de “tres chiflados” dirigido al Comando Conjunto.

El clima de tensión creado por Correa no se ha detenido en la descalificación del mando militar sino que ha llegado, en aparente defensa de la igualdad de derechos de todo ser humano, a sugerir un levantamiento contra todo trato diferenciado entre oficiales y tropa. Está bien luchar por la eliminación de toda forma de discriminación, pero no todo trato diferente lo es. ¿Porqué Correa puede organizar grandes almuerzos en Carondelet para sus cantantes preferidos y hacerles dúo por interminables horas, con dineros del pueblo, mientras los miembros de la tropa comen en galpones, silenciosos, y en vajilla metálica?

A nadie puede molestarle que el Presidente goce de ciertos privilegios para desempeñar con altura y dignidad las funciones que el pueblo le ha confiado. Sería insensato pretender –bajo el disfraz de justicia social- que mantenga un nivel de vida igual al del más humilde de los ecuatorianos. Un Estado democrático e igualitario procura que todos los ciudadanos tengan garantizados sus derechos y mejoren su calidad de vida.

A las jerarquías militares se llega mediante el cumplimiento eficiente y patriótico de funciones que permiten al ciudadano militar ir ascendiendo en la escala jerárquica. ¿No le coloca esa historia de vida en la necesidad de recibir el trato digno y respetuoso correspondiente? Contra esto último se ha levantado, indignante y arbitrario, ese calificativo de “malcriaditos” lanzado a los cuatro vientos.

Malo, muy malo, que se multipliquen las desavenencias entre el Presidente y los militares. No por respetar la Constitución, los militares deben ser indiferentes o insensibles. Ojalá el Presidente comprenda que, para gobernar una nación, es necesario ejercer el poder con racionalidad, sensatez y cordura.