Rodrigo Fierro

Las mejores navidades

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La de anoche, entre el 24 y el 25, con toda la familia reunida en casa de uno de los hijos. En la sala, el Nacimiento y el arbolito de Navidad. Más bien temprano, pues a los niños les viene el sueño también temprano, el abuelo que toma la palabra. Somos una familia católica. Nos hemos reunido para recordar el nacimiento del Niño Jesús, como lo han hecho desde hace 2 000 años quienes vivieron antes que nosotros. Aquel Niñito vino al mundo trayendo un nuevo mensaje. Cuando se hizo hombre se le vio recorrer todos los caminos y no se cansaba de repetir ‘amaos los unos a los otros’, ‘ama a tu prójimo como a ti mismo’. Se le conoció como Jesús de Galilea. Fue crucificado, murió clavado en una cruz, porque pocos fueron los que comprendieron sus palabras y eran numerosos los que no sentían amor por los demás hombres. Es la razón por lo que nosotros, como millones en todo el mundo, recordamos el nacimiento de ese hombre bueno. Espero que mis hijos, y mis nietos, continúen reuniéndose como esta noche, año tras año.

Vendrá también el Papá Noel, cargado de una enorme bolsa con regalitos para todos los niños del mundo. Una cena más bien modesta. Todos a sus casas, los niños a dormir se ha dicho, temprano, como siempre. Para que no haya confusiones, bueno sería que pongan un zapato a los pies del arbolito. Mañana será un gran día. El Niño Jesús habrá nacido y estará ya en su cunita. El Papá Noel habrá dejado los regalitos. Hoy por la mañana, a primeras horas, gritos de asombro. A los pies del árbol, los juguetes con los que soñaron y alguna sorpresita. En casa de otro de los hijos, un almuerzo estupendo, con pavo y todo. Mejores navidades para los niños de nuestra familia, imposible.

Recuerdo los tiempos en que los niños éramos la última rueda del coche. Maestros y padres cumplían eso de que la letra con sangre entra. De pronto en una reunión: que salgan los chicos, no está bien que oigan las conversaciones de los mayores. De ropa, las víctimas los hijos varones: ternos del padre, achicados y virados. De zapatos, corridas enteras y medias suelas hasta que el cuero se rompía de viejo. La noche de Navidad, un martirio. Rezos y villancicos con voces desentonadas; unos pocos caramelos, los niños muriéndonos del sueño. A las doce, agua de canela con pan. De juguetes, uno por cráneo, de esos de barro que se rompían luego de poco, o de latón, todos horribles. Pare de contar. Los mayores, distantes, alegres, tomando sus copitas. Conversando con amigos, nadie recordaba haber sido un niño feliz la noche de Navidad.

Fue el ilustre Dr. Enrique Garcés quien descubrió que los niños no existían en el contexto de la sociedad ecuatoriana. A partir de su obra “Por, para y del niño” se llegó a comprender que los niños tenían derecho a soñar despiertos y a ser protagonistas en las navidades.