Manuel Terán

Nos faltan más

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mteran@elcomercio.org

El dolor que padecen varias familias ecuatorianas por las consecuencias de la acción violenta de un grupo delincuencial que pretende imponer condiciones a la nación entera, es inconmensurable. Sólo cabe en estos momentos la solidaridad con quienes son víctimas de estos inhumanos procedimientos y velar porque pronto la tranquilidad vuelva a sus hogares, allá en los casos en que el retorno de los privados a la fuerza de su libertad es posible. Pero hay otro evento en que las manos criminales segaron cuatro vidas, actuando de una manera vil en contra de uniformados que lo único que hacían era cumplir con su deber. Allí, por las características del evento, surge en forma nítida cómo las anteriores autoridades descuidaron la preparación de nuestros soldados para enfrentar situaciones como las que les segó la vida infamemente. Estas clases de trampas cobraron innumerables víctimas en el país vecino. Si en forma prudente habría habido una preparación para enfrentar estas amenazas y no hubiésemos descuidado el problema, con la idea que se trataba de asuntos de terceros cuyas implicaciones no iban a causarnos daño en nuestro territorio, quizá nuestros soldados estarían en mejores condiciones de combatir este flagelo y no serían presas fáciles de sujetos que han hecho de la violencia y el delito una forma de vida.

Ahora se pretende causar alarma y que se alcen voces para que el Estado se repliegue y queden despejadas las vías para continuar con las prácticas delincuenciales que corroen y debilitan aún más la, ya venida a menos, institucionalidad. Se busca desmoralizar a la población para a través del miedo y la amenaza conseguir sus fines, convirtiendo a la sociedad entera en rehén de sus protervas pretensiones.

No se puede ceder ni rendirse y se debe actuar con todo el rigor de la ley. Se expresará que es fácil decirlo en la medida que el asunto no llega a nuestro entorno, pero no hay otra salida. Renunciar a nuestra defensa legítima es pavimentar el camino para convertirnos en un estado subordinado a las prácticas de grupos mafiosos, como lastimosamente ha sucedido en otros países de la Región y que ahora lamentan no haber reaccionado a tiempo.

Hoy la sociedad está sometida a una dura prueba y sólo emitiendo los mensajes adecuados podremos hacer saber a los delincuentes que no estamos dispuestos a ceder ante sus ilegítimas pretensiones, sino que se les combatirá con la fuerza de la Ley. Esa es la única garantía para que los privados de su libertad vuelvan indemnes y que en el futuro no debamos lamentar que se reproduzcan estos sucesos. En ese aspecto hay que insistir que nuestro vecino del norte está en deuda con nosotros, cuando en su accionar más parece que está interesado en botar la maleza al patio de al lado que hacerse cargo de la misma. Incluso a ratos podría decirse que se percibe cierta indiferencia. Si no fuera así desde hace rato debieron haberse preocupado de vigilar, con más diligencia, su frontera sur. Hay que hacerles conocer que esa no es la conducta esperada de un país al cual siempre se le tendió la mano de forma fraterna.