Monseñor Julio Parrilla

Me quedo con los muertos

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Escribo todas las semanas, escribo todos los días, lo hago a todas horas, pero hoy no resulta nada fácil. Muchos analistas han puesto el dedo en la llaga, los puntos sobre las íes. Seguro que no les faltan razones: un problema heredado, otro hijo de la desidia y del cambalache, el mal manejo de la crisis y de la información, la conflictividad de la frontera, la fragilidad y la impericia del gobierno, el vacío de la inteligencia, el debilitamiento de las fuerzas armadas, el fracaso de los diálogos de paz, el poder omnímodo del narcotráfico, la falta de experiencia en el manejo de semejantes conflictos, la falta de principios morales, la dureza de corazón del Guacho y de sus secuaces,… y tantas otras cosas más.

No seré yo quien eche más leña al fuego. En medio de la indignación y del dolor, más allá de los temores ante el futuro, quisiera por un momento quedarme al lado de los muertos, de sus familias, de sus amigos y de mi pueblo desconcertado y roto y decir, aunque sea en voz baja, una palabra de esperanza. De esperanza a ras de tierra, consciente de que no es la primera vez que nos toca sufrir juntos a la luz de las hogueras bárbaras que, en vez de iluminar, ensombrecen la historia de nuestro pueblo.

Toca sacar fuerzas de flaqueza y hacer acopio de resistencia y tirar de este carro cargado de cadáveres de hijos a los que hay que dar sepultura. Y, una vez sepultados con piedad y con honor, seguir caminando, en la certeza de que los días mejores están por llegar. Algún día, mal que le pese a los profetas de desventuras, la Patria será grande y hasta los guachos de turno encontrarán acomodo en ella y podrán ser felices sin tener que destruir la vida de sus hermanos.

Hoy toca permanecer firmes, haciendo cada uno la parte que le toca, afirmando los valores de la vida y de la paz, buscando el bien de los pequeños y luchando, codo con codo, a favor de la dignidad.

Pero no sólo. Siento la necesidad de decir también una palabra mirando al cielo, a la luz de la fe que sostiene mi vida, la mía y la de tantos, capaces de poner en Dios la esperanza cuando parece que todo se quiebra. También en el dolor están las semina Verbi, las semillas del Verbo crucificado, cuando la tierra se oscureció y se rasgó el velo del templo, y la tierra se quedó en tinieblas hasta la media tarde.

Es el tiempo oscuro y terrible en el que parece que ya nada tiene sentido. Jesús nos recuerda que ninguna vida inútil, aunque dure poco y la muerte pase de prisa, y el rostro quede teñido por la sangre inocente.

Ojalá que encontremos el camino y que el dolor no nos pierda. Ojalá que los jóvenes hermanos muertos en la frontera nos ayuden a construir un Ecuador infinitamente mejor, no el mundo imaginario de Alicia en el país de las maravillas, en el que la muerte es un juego, sino el mundo real de los esfuerzos, de las sonrisas y de las lágrimas. Hay que seguir.