Javier Solana

Irán, Corea del Norte y la acción nuclear

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Hace un lustro, uno de los más destacados teóricos de las Relaciones Internacionales, Kenneth Waltz, publicó un artículo titulado Why Iran Should Get the Bomb (Por qué Irán debería adquirir la bomba). Según Waltz, un Irán con armas nucleares ejercería de contrapeso de Israel, restableciendo un deseable equilibrio de poder en Oriente Próximo. Waltz añadió posteriormente que combinar las sanciones y los esfuerzos diplomáticos para disuadir a Irán era una estrategia con pocos visos de prosperar. “Más allá de usar la fuerza militar, es difícil imaginar cómo podría impedirse que Irán adquiera armas nucleares si está determinada a hacer lo propio”, afirmó.

Waltz se equivocaba, por partida doble. En primer lugar, al defender las armas nucleares como elementos estabilizadores a nivel regional y global, infravalorando el peligro de que dichas armas caigan en manos de terroristas, o de que se produzcan accidentes o errores de cálculo. En segundo lugar, al no prever el éxito —o, desde el punto de vista de quien deseaba un Irán con armamento nuclear, el fracaso— que supusieron las negociaciones nucleares con Irán. Si Waltz siguiese entre nosotros, sin duda señalaría los cabos sueltos del acuerdo nuclear (JCPOA, en sus siglas en inglés) que fue adoptado en 2015. Pero el académico estadounidense tendría que reconocer que el acuerdo llegó más lejos de lo que él y tantos otros creían posible, demostrando el potencial de la diplomacia por encima del de las opciones militares.

A pesar de tratarse de un hito del multilateralismo, o precisamente porque todo lo multilateral le causa cierta aversión, el presidente Trump bautizó al JCPOA como “el acuerdo más estúpido de la historia” e incluso presagió que “va a conducir a un holocausto nuclear”. Innumerables analistas —por ejemplo, Stephen Walt— ya han explicado por qué estas hiperbólicas acusaciones son absolutamente infundadas. Sin embargo, esto no impidió que Trump se negara a “recertificar” el JCPOA hace un mes, dejando en manos del Congreso una reimposición de sanciones nucleares a Irán que conllevaría una violación estadounidense del acuerdo.

A todo esto se le añade que, en un momento de crisis nuclear con Corea del Norte, lo último que necesita Estados Unidos es reabrir una herida similar en Oriente Próximo.

Contener la amenaza norcoreana de forma creíble es esencial para que Corea del Sur y Japón no sientan la necesidad de unirse al club nuclear; ese club de tan infausta existencia. Como observaba Waltz, las armas nucleares tienen tendencia a difundirse, pero no conviene resignarse ante esta dinámica, y menos aún desdramatizarla. La seguridad requiere preservar éxitos diplomáticos como el JCPOA, valiosos para evitar un efecto contagio, y poner fin de una vez a contraproducentes espirales de antagonismo y polarización.

Project Syndicate