Monseñor Julio Parrilla

No esclavos, sino hermanos

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El sometimiento del hombre por el hombre viene de muy atrás. Tiempo hubo en que la esclavitud estuvo aceptada y regulada por el derecho. Las cartas estaban marcadas desde el principio: nacías libre o esclavo…

Hoy, gracias al desarrollo positivo de la conciencia humana, la esclavitud, crimen de lesa humanidad, está oficialmente abolida en el mundo. Pero sólo oficialmente… Todavía hay en el mundo miles de personas privadas de su libertad y obligadas a vivir en condiciones similares a la esclavitud. Me refiero a trabajadores y trabajadoras, incluso menores de edad, oprimidos de manera formal e informal, en países donde la legislación laboral es un sueño inalcanzable. Me refiero a las condiciones de vida de muchos emigrantes y desplazados que, en su dramático viaje, se ven despojados y maltratados, la vida pendiente de un hilo.
Pienso en las personas obligadas a ejercer la prostitución, auténticos esclavos y esclavas sexuales. Pienso en los niños y adultos que son víctimas del tráfico y comercialización de órganos, los que son reclutados para ser soldados, para ejercer la mendicidad, para actividades ilegales (la industria de la droga o la del secuestro). Y pienso en todos los secuestrados y encerrados en cautividad por grupos terroristas. Y en los desaparecidos. Y en los torturados, mutilados y asesinados,…

La crónica roja deja en evidencia que muchas de estas cosas no se dan lejos de nosotros. También la esclavitud forma parte de nuestra vida, de nuestro entorno. Basta abrir los ojos y el corazón y no renunciar a pensar ni a ser críticos, en medio de esta noria de consumo y de burbujas, que es a lo que hemos reducido en tantos casos el buen vivir…

¿En algún momento recuperaremos la fraternidad perdida, la armonía, la felicidad del Edén? No, mientras exista la pobreza lacerante; mientras haya un niño o una niña que no accedan a la educación; mientras no haya oportunidades de trabajo, digno y para todos; mientras vivamos encerrados en el círculo vicioso de la corrupción, privada o pública,…

Toca recordar que, en el corazón del hombre hambriento de dignidad, somos personas y que, en el corazón de Dios, somos hijos y hermanos, nunca esclavos. Por eso, la gran tarea humana es luchar contra cualquier tipo de esclavitud, contra cualquier cultura, política o legislación que ignore al hombre, sometiéndolo a los intereses del poder, o del mercado.

Hay que dar las gracias al papa Francisco, porque en este 1 de enero, en su mensaje por la Jornada mundial de la paz, nos recuerda con enorme lucidez que hay que globalizar la fraternidad, no la esclavitud ni la indiferencia.

Les agradezco que me hayan leído hasta este punto y que compartan estas inquietudes globales… pero bueno sería que, más allá del pensamiento, hiciéramos algo a favor de los que todavía viven en estado de sometimiento, quizá lo suficientemente cerca de nosotros como para mirar, tocar y hacer alguito a su favor.