Alfredo Negrete

¿La declaración del 48 valió?

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El miércoles de la semana pasada fue 10 diciembre y se conmemoró el sexagésimo sexto aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, en esos días se produjeron dos hechos tan contradictorios con aquella proclama, que hacen dudar de su valor histórico.

En efecto, luego de las primeras liberaciones de los presos de Guantánamo, se desató una fuerte tormenta política sobre la Central de Inteligencia de los EE.UU.-CIA, por la práctica sistemática de torturas a los detenidos islámicos luego de los ataques terroristas a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre del 2001. ¿Dónde quedaron los principios y preceptos de la Declaración de la Independencia de 1776, la Constitución de 1787 y toda la larga y consistente jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia del Estado más demócrata del planeta?

Con menos sorpresa, pero con igual estupor, la Comisión de la Verdad de Brasil dio a conocer los horrendos crímenes de la dictadura militar de 1964 que sirvió de matriz tanto para la doctrina de la Seguridad Nacional con del modelo represivo para las dictadura de Uruguay, Chile, Argentina y otras que se cobijaron bajo las alas monstruosas de la operación Cóndor.

¿De qué vale, entonces, una declaración tan bien elaborada y aplaudida? ¿Es una utopía o un mero ensayo lírico? No. La experiencia histórica señala que como parte de una cultura de libertad e igualdad de los hombres, las declaraciones son válidas y referentes morales de sociedades que continúan perseverando en principios y valores de un convivir común para alcanzar múltiples efectos positivos.

La Declaración Universal se dio en situaciones complejas y difíciles. Tenían el aval jurídico de la Carta de las Naciones Unidas y el impulso de un mundo horrorizado por las dos conflagraciones mundiales en la primera mitad de siglo; pero había nacido con el inicio de la Guerra Fría. Dos años antes, en junio de 1946, Winston Churchill había pronunciado su fatídica sentencia: “Desde Stettin en el Báltico, a Trieste en el Adriático, ha caído sobre el continente (Europa) una cortina de hierro”. En febrero de 1948 la Unión Soviética dominó el poder en Checoeslovaquia y en junio de 1950 se inició la cruenta guerra de Corea tras la violación del paralelo 38. La década también registró procesos de descolonización en Asia y África y en los años sesenta y setenta, en los cuales la inmolación de los derechos humanos en Centroamérica y Sudamérica fue a escala inconcebible.

Aunque parezca paradójico, la Declaración como emblema sigue y la esperanza por un mundo mejor y diferente, donde predomine la libertad y la igualad, continúa presente. Debe agregarse también al pasivo, en nuestros días, cuando alegando de la soberanía se desconoce los horrores de un Régimen como el de Corea del Norte. Entonces no queda más que repetir hasta el cansancio aquella vieja proclama: “La lucha continúa...”.