Francisco de Roux

El deber moral de la paz

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Llega un momento en que la paz se impone como deber impostergable; como mandato sagrado porque Dios exige que se detenga el culto para que vayamos a reconciliarnos como hermanos.

La paz se hace exigencia ética por encima de protagonismos políticos, partidos, economía, honor militar, insurgencia guerrillera o debate de Congreso. La paz emerge como la causa más grande y subordina a ella el valor de los más importantes títulos de las personas, de las instituciones, de la academia y de todo propósito social.

Esto ocurre cuando por fin el destrozo del ser humano golpea la conciencia de nosotros, colombianos, y escandaliza a las naciones del mundo. Estamos despedazados, nos hemos despedazado. El dolor de más de seis millones de víctimas sobrevivientes, de dos millones de niños, se nos vino encima. Ya no podemos esquivarlo después de los datos del grupo de Memoria Histórica: 1 982 masacres documentadas, de las cuales 1 166 son de paramilitares, 343 de la guerrilla, 158 de las fuerzas del Estado.

En La Gabarra fueron más de 100 civiles asesinados; en El Salado, más de 60; en la comuna 7 de Barranca, 35; y luego mataron en la ciudad entre 300 y 500. Las víctimas directas del conflicto esperaron mucho tiempo compasión, solidaridad y decisión de terminar la victimización. Seguirán esperando mientras siga la guerra.

Es hora de encarar la realidad atroz si todavía hay lugar a la vergüenza, no la de discutir cifras, ni debatir si “la paz mía es mejor que la suya” ni el momento de promocionar “héroes de guerra” ni de hablar de “revolución armada”, cuando la guerra dañó todo lo tocado por ella, cuando tenemos la obligación de atajar el mal espantoso producido entre nosotros y por nosotros: millones de desplazados. Mujeres y hombres descuartizados por motosierras paramilitares. Más de 27 000 secuestrados que prolongan todavía en algunos el drama de la libertad arrebatada en la incertidumbre de la selva.

Dos madres lloran al hijo sacado del barrio y a la hija adolescente asesinados por miembros del Ejército y presentados como guerrilleros caídos en combates en ‘falsos positivos’ que se multiplican por cientos.

Campesinos y soldados que siguen quedando ciegos y sin piernas por las minas antipersonales, y mujeres buscadoras de cadáveres de desaparecidos que deambulan el país. Un niño muerto en el quirófano de un pueblo del Pacífico porque una bomba rompió la interconexión eléctrica y continúa la voladura de torres.

Cada día de guerra colombiana repite este espanto y nuestra dignidad queda más herida. ¿Cómo pueden reclamarse humanos si viven en semejante barbarie? ¿Cómo se atreven a llamarse ciudadanos? ¿Cómo pueden cubrirse de luces de Navidad cuando en el patio de su patria se ahonda el terror? ¿Cómo pretenden que este dolor del pueblo sea “revolución”? ¿En la sinceridad del corazón puede haber alguien en Colombia que no se sienta obligado por este deber impostergable de terminar la guerra ya y dedicarnos a construir la paz?