Manuel Terán

Compromiso ético

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La serie de actos de corrupción puestos en evidencia en las últimas semanas, donde se encuentran investigados personajes que hasta hace poco llenaban los espacios de la prensa presentándose como técnicos conocedores de la materia e impolutos, demuestra el grado de descomposición en que se halla sumida la Nación. El concepto de servicio ha sido sustituido por una voracidad por apropiarse de lo ajeno. ¿Cuánto de responsabilidad de la sociedad en su conjunto existe en estos actos? ¿Acaso los ciudadanos de cualquier estamento no premian con su consideración y admiración a quienes, de la noche a la mañana, aparecen con inconmensurables fortunas? Quienes caen en esos vedados procedimientos no sufren el reproche social, todo lo contrario, pasan a ser para buena parte de los ciudadanos modelos a reproducir. Nadie se detiene a considerar que un servidor público gana lo justo para llevar una vida decorosa, a veces incluso pasando estrecheces. Pero si, una vez en el poder, arriban a la conclusión que gozan de real impunidad y que pueden actuar a sus anchas, que los actos contrarios a la ley probablemente no serán investigados por los órganos de control, la tentación es muy grande y no tienen empacho en exhibir lo mal habido. Y aquello les da prestigio, enrostran a los electores que han sido más listos que ellos, se sienten intocables.

Lejos están los tiempos en que el prestigio se lo alcanzaba por ser ciudadanos correctos. Si se entraba al servicio público no era para salir con maletas de dinero. Y quién escogía determinada profesión u optaba por trabajar dentro del Estado, conocía de antemano sus límites. Un militar, un diplomático, un juez, un profesor o tantos otros ejemplos, jamás podía pensar que sería potentado. Esas posiciones se las buscaba por verdadera vocación, por llevar adelante un estilo de vida que era premiado por el reconocimiento público a la entrega, al deseo de servir. Mucho de eso se ha perdido, aún cuando el grueso de trabajadores que forman parte del sector estatal son ejemplo de ese compromiso. Pero los tiempos han cambiado y un gran número de vivarachos se filtran entre las diferentes administraciones con la pretensión de realizar su agosto, ante una debilitada institucionalidad, incapaz de perseguir malhechores y hacer que paguen sus delitos.

Hay que volver los ojos a la educación, a la inculcación de sólidas bases éticas. Aquello no depende sólo de las autoridades de turno, sino de la elección que hagamos como ciudadanos de reprochar ese tipo de conductas. Transmitir a nuestros niños y jóvenes la honradez, que quién atenta contra los fondos del estado se encuentra despojando a los más pobres de los pobres, pues esos recursos sustraídos son los que evitan que a ellos les lleguen más servicios básicos. Ese debe ser el real compromiso ético que se le pida a la sociedad, para erradicar en lo posible las prácticas corruptas y cuando se descubran casos que por excepción se produzcan, castigarlos con todo el rigor de la ley. El resto, vana palabrería.