César Montúfar

‘RC’

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@cmontufarm

Tranquilos. No escribiré sobre RC, Rafael Correa, o RC, Revolución Ciudadana; temas buenos y felices para el país; temas sobre los que los libros de historia consignarán en el futuro alabanzas y reconocimientos por las tantas cosas positivas que han dejado para nuestra patria refundada. No, mi tema de hoy sí que es malo; más malo que María Angula, más peligroso que el lobo feroz que se merendó a Caperucita; más temible que cualquiera de esos fantasmas que se comen a los niños recién nacidos, que envenenan el agua de los pueblos. Mi tema de hoy es un asunto malo, muy malo; un tema por el que de un soplo podríamos retroceder todo lo que hemos avanzado, haríamos trizas los logros alcanzados en los últimos años y, de seguro, regresaríamos a cuando éramos una “no republic”, una tierra abandonada, un país sin escuelas, sin carreteras, sin puentes, sin hospitales, sin gobierno, sin políticos, sin ciudadanos, sin soberanía, sin nada; a cuando sencillamente no éramos.

La RC es un virus contagioso; se transmite de manera oral o visual; puede infectar a las personas si es que ellas oyen de su existencia y comienzan a repetir sus oraciones. Una posibilidad muy alta de contagio se da cuando la persona sana compara lo que sucede en nuestro país con lo que ocurre en otros países similares o cuando, de alguna manera recupera la memoria, y repara entre las diferencias entre el oscuro pasado y nuestro luminoso presente. Sin embargo, lo más peligroso acontece cuando la persona en riesgo de contagio comienza a dudar de lo que oye o ve en la propaganda oficial o cuando, por necedad o empecinamiento, toma la manía de soñar el futuro y despierta desde allí un sentido crítico que envenena su perspectiva de la realidad. Esto sí es como respirar a bocanadas la RC e irresponsablemente optar por morir envenenado; es como abrir todas las ventanas y puertas de la casa, romper cerraduras y cerrojos para que la RC entre a saquearlo todo y nos robe hasta la última esperanza de ser la patria verde que somos.

Pero hay formas de no enfermar; métodos sencillos para mantenernos inmunes al riesgo de morir de este mal neuronal. La más simple es encerrarse en uno mismo y aceptar lo que tenemos alrededor como lo que nos ha tocado vivir, porque somos un país ingobernable, y hoy, por lo menos, tenemos orden y carreteras. Otra más complicada es realmente pensar que las cosas están mejor y que nos conviene no ponerlas en peligro. Pero la más difícil es creer, creer con fe religiosa, que el pasado puede volver, que nuestros muertos podrían resucitar y que estamos condenados a soportar el presente o a restaurar el pasado. Es decir, la más difícil es renunciar al futuro, abolirlo, matarlo. Solo aquello nos mantendría definitivamente inmunes. Y así seríamos felices, seríamos unos verdaderos revolucionarios, evolucionarios. Así, nuestro líder estaría siempre contento; no tendría que perder tiempo luchando contra la RC y podría gobernarnos como a él le gusta y todos dormiremos tranquilos.