José Ayala Lasso

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Las declaraciones simultáneas de Obama y Castro sobre el futuro de las relaciones entre sus países fueron, sin duda, una de las más importantes noticias relativas a la evolución de la historia en este siglo XXI. Al anunciar un cambio en el criterio mantenido durante el último medio siglo, ambos presidentes dijeron que han resuelto restablecer sus misiones diplomáticas en las respectivas capitales.

El anuncio tiene características que conviene mencionar. En primer lugar, reconoce que la metodología de coacción económica y política bilateralmente usada ha fracasado rotundamente. Ni bloqueos, ni embargos, ni represalias, ni actos de espionaje o complot lograron los resultados que, desde ópticas distintas, Washington y La Habana buscaron infructuosamente. Finalmente, los dos líderes han resuelto optar por el mecanismo más idóneo y eficaz para resolver las diferencias entre personas y Estados: el diálogo directo.

Al reconocer el fracaso del embargo, Obama anticipó que usará los poderes presidenciales para ampliar la cooperación económica y comercial con la isla caribeña, sin que ello implique dar tregua a su empeño de trabajar en favor de las libertades, la democracia y los derechos humanos en Cuba.

Castro, por su parte, pidió al pueblo cubano respeto y reconocimiento para la decisión de Obama. Anunció, al mismo tiempo, haber resuelto, de manera unilateral, poner en libertad a un ciudadano norteamericano juzgado y condenado por espionaje, permitiéndole regresar a los Estados Unidos. La liberación de tres cubanos presos en las cárceles norteamericanas ha sido la contrapartida recíproca.

Es probable que el levantamiento del embargo comercial a Cuba no sea fácilmente aprobado por el Senado y la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, cuya intervención es indispensable para tal efecto. Ya lo han anunciado varios políticos, particularmente los vinculados al partido republicano. Pero el mensaje ha sido transmitido a escala mundial y ha empezado a producir efectos positivos. Las condenas de la ONU, la OEA y la Unión Europea al cincuentenario embargo, por fin han sido escuchadas. El pueblo cubano, víctima propiciatoria de esa decisión, ha reaccionado con júbilo y esperanza.

Cabe también destacar que la intervención directa del papa Francisco ha servido para colocar en un plano ético a este histórico entendimiento, confiriéndole seriedad y viabilidad.
La noticia es buena para los países directamente involucrados, como lo es para todo el continente americano, a pesar de lo cual no cabe descartar las opiniones contrarias, algunas de las cuales esgrimen argumentos dignos de mayor análisis. Hay que mirar con moderado optimismo a este histórico compromiso que implica, por otro lado, un duro y merecido golpe a la demagógica retórica del “antiimperialismo”.