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jparrilla@elcomercio.org

Quedamos sobrecogidos ante los ladridos de sus “Amores perros”. Y en “21 gramos” concentró el peso de toda una vida. Sólo ahora he podido ver “Babel”, la obra con la que Alejandro González Iñárritu cierra su trilogía del dolor… Babel es un puzzle geográfico y humano que profundiza las heridas y las angustias universales que genera la incomunicación y todas las consecuencias que de ella se derivan. Porque (paradojas de este planeta nuestro) en tiempos de globalización, proliferan los muros y las soledades malditas…

Un rifle de caza, en manos de un niño, es el involuntario nexo de unión entre tres países, tres continentes,… tres mundos, en definitiva, a los que el caprichoso destino y la habilidad narrativa del realizador mejicano acaban conectando en un aparente ejercicio de sincronización, que contrasta con el abismo y el caos en el que tienen lugar las distintas historias y el sentimiento de orfandad de las personas.

Poco importa el escenario. La Babel de la confusión, la soledad y los recelos no conoce fronteras: viaja de los desiertos despoblados y hostiles a las urbes saturadas de ruidos y de neón, de Marruecos a Méjico, del campo a la ciudad; hace mella en nómadas y turistas, en niños, adolescentes y adultos, en padres e hijos, e ilegales y guardias fronterizos,… Más allá de razas, lenguas, religiones, todos se sienten vulnerables ante la tragedia y buscan consuelo, aunque sea en mundos equivocados.

El resultado es un retrato demoledor de la civilización actual, que pregona los beneficios del intercambio pero sospecha de la diversidad, que derrocha elogios sobre la solidaridad mientras sigue sumida en una sordera crónica frente al grito de los empobrecidos, que acaba convirtiendo una lamentable y peligrosa chiquillada en un incidente diplomático, que castiga al individuo sin reparar en los abusos del poder.

Más allá de la calidad de los actores (¡qué derroche de buen hacer!), está la fuerza demoledora de las imágenes (desde el llanto desgarrador de la mujer abandonada a su suerte en medio de la nada, hasta el chasquido seco de un arma que salta por los aires hecha añicos en un gesto de rabia infantil, o ese momento de íntima debilidad en que sangre y orina se funden en silencio en una remota aldea marroquí). La película está llena de fuerza y resulta provocadora para todos los que la contemplamos desde la comodidad de nuestra butaca.

Bueno sería que, en próximas empresas, González Inárritu traspasase la barrera del pesimismo en busca de otros lenguajes y registros y nos abriera a una empresa mayor, la que el hombre necesita para seguir viviendo en este planeta, en esta Babel en la que la codicia y la prepotencia no nos permiten hablar lenguajes comprensibles para todos.

La película nos deja un poso de tristeza, pero es un grito a favor de la comunicación interpersonal y planetaria, un grito a favor de un mundo humano y habitable.