Roque Morán Latorre

Amarillismo virulento

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“Sensacionalismo, como lo practica la prensa amarilla”. Así se define al “amarillismo”. Tal cual fue el molón arrojado, en días pasados, por la cadena de noticias BBC, acerca de san Juan Pablo II, camuflando como “información”, la deplorable y mojigata pretensión de ensuciar la honra, la dignidad de un ser excelso como Karol Wojtyla, dizque, con la novedad de que este mantuvo una “amistad cercana” con cierta intelectual dama. Al pretender, también -maliciosamente-, reclamos insólitos, poniendo en entredicho la canonización de semejante santo (que debió ser erigido por aclamación), de ese gigante y genuino Vicario de Cristo, a quien conocimos tan cercanamente.

Incisivo y frecuente ese tipo de bombas incendiarias mediáticas. Una práctica miserable de terrorismo, anónimamente grosero y tenebroso. Se las lanza con cierta periodicidad, reiteradamente, hacen daño, asesinan la fe raquítica de algunos.

A ciertas “famosas” cadenas noticiosas y sus “periodistas estrellas” parece que, entre sus cometidos y compromisos, les encanta embadurnarse y relamerse con el nocivo vicio de incitar el morbo, la confusión y el desasosiego, parasitando de la ignorancia y también de la morbosidad, con base, precisamente, en temas que se prestan al escándalo, a interpretaciones erróneas, a exageraciones y malos entendidos.

Los titulares y encabezados de esa clase de “noticias” exaltan sentidos equívocos de lo que realmente contiene la reseña. 

De estos medios de comunicación se percibe saña y empecinamiento, en especial, contra la Iglesia Católica. Miren sino la exaltación y el gran escándalo alrededor de la pederastia, o en referencia a tal o cual aseveración del magisterio de la Iglesia sobre temas sensibles y espinosos. Seguramente, ese tipo de crónicas “vende más y mejor”; en las redes sociales consiguen millares de visitas. Tales cantidades, eso sí, proporcionales al aciago daño que ocasionan.

A muchos, en vez de las explicables ira e indignación que deberían provocarnos, nos motivan lástima y compasión; y, en este Año de la Misericordia, designado por el papa Francisco, no podemos más que perdonar, orar por ellos, “porque no saben lo que hacen”, no se dan cuenta del daño mayúsculo que ocasionan o… quizás sí conocen cuán maléfico resulta semejante “trabajo periodístico”.

¿Por qué no emplear ese esfuerzo profesional en temas positivos? ¿Por qué no llenar los tabloides con noticias, que sí las hay -y en regia cantidad-, con temas felices, claros y comprobables, que clama una humanidad zaherida por malas novedades y acontecimientos funestos? ¿Por qué no publicar las buenas acciones de muchas personas, sean católicas o no? ¿Por qué no informar, compartir y comunicar esperanza, optimismo, certeza de que el mundo -sin embargo de las vicisitudes- es prometedor y con un futuro mejor?

Columnista invitado