Abelardo Pachano

Inquietudes nacionales

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1. ¿Qué se prevé de la presentación del plan económico que el Gobierno ofreció para inicios de marzo?

Si mantenemos viva una esperanza de cambio, este programa debería tener compromisos definidos hacia el re encuentro de una política económica afincada en el respeto de los macro equilibrios, sustentada en una relación mejor definida, por su claridad y objetividad, con la inversión privada.

Los objetivos sociales ofrecidos durante la campaña no tienen horizonte con el actual esquema de gobierno económico. No hay posibilidad alguna de crear empleo remunerativo, estable, con los lineamientos de gestión en vigencia. Ya está clara la enorme perturbación, por su tamaño y funcionalidad, que ocasiona el gobierno en la potencialidad de crecimiento de la economía. No puede seguir así. Requiere de una reingeniería, cuidadosa pero clara, sobre las responsabilidades que debe mantener y aquellas en las cuales ha demostrado, una vez, más su incapacidad para gestionarlas.
Sin un arreglo programado, con metas comprometidas, de reducción sistemática del déficit fiscal, hasta colocarlo en un nivel que se lo considere manejable, compatible con los objetivos de crecimiento y estabilidad, no hay posibilidad de mejorar el cumplimiento de la meta de empleo, que en esencia es el objetivo central de una buena política económica.

Si prevalecen los resquemores sobre el funcionamiento de una economía mixta de mercado y se insiste en el sostenimiento de las bases conceptuales actuales, la cosecha social será magra; y, eso, si no ocurre un quiebre en la sostenibilidad de este esquema, que ya demuestra debilidades de alto grado de complejidad.

2. ¿Qué compromisos debieran asumir los empresarios en un plan económico?

Las que les corresponde como tales. Aprovechar la presencia, por supuesto si existe, de un ambiente que asegure la vigencia de un estado respetuoso de la propiedad privada, con reglas estables, para priorizar sus decisiones de inversión en el país.

Ser generadores de proyectos en los cuales la participación de los trabajadores se la realice en condiciones que impulsen su productividad de la mano con la remuneración.

Atender de manera pulcra sus obligaciones con la sociedad mediante el cumplimiento de las tributarias, laborales, ambientales, especialmente bajo una cuidadosa alineación con la ética, tan destrozada por todo lo que con estupefacción vemos estos días.

Los emprendedores, grandes o pequeños, responden a los incentivos que le ofrece una sociedad. Sus respuestas no requieren de privilegios, sino de un trato racional, equilibrado, del cual se desprenda de una forma sencilla los beneficios que puede obtener, lo que debe contribuir con el país para hacer viable una idea que se construye sobre un sueño del cual se despega una oportunidad.

Las decisiones de riesgo, tan comunes para los inversionistas, son más fáciles de tomar en ambientes de tranquilidad, que no necesariamente significan carentes de retos o problemas, sino producto de una conducta pública respetuosa de los derechos que provienen o se obtienen precisamente de la ejecución de esos planes.

La identificación del empleo y la inversión privada es un requisito ineludible de cualquier plan o programa que busque mejorar las condiciones de vida de la colectividad. No hay manera de tratarlas de forma distinta o asimétrica. Una mala política laboral desanima las decisiones de inversión y se auto inflige un daño directo. De otro lado, un maltrato a la inversión resulta en un golpe al empleo, por lo cual esta clase de relación lleva al diseño de la política económica que las considera dentro de un sistema de vida simétrica.

3. Las autoridades creen que el principal problema del país es el sector externo y por eso es necesario controlar, al menos en el corto plazo, la salida de dólares. ¿Hay otras opciones?

Claro que el sector externo es un problema. Ahí no cabe duda alguna. La diferencia en la visión de solución pasa por la forma como se lo debe enfrentar. Una opción, que tiene adeptos en el gobierno, aunque no son todos, favorece su corrección restringiendo las compras de bienes o el pago de servicios. Salvaguardias, aranceles, cupos, tasas, son algunos de los instrumentos preferidos.

La otra, dentro de la cual también se escucha a ciertas voces del ejecutivo, participa de la promoción de la inversión, del impulso a las exportaciones, del desarrollo del turismo. En definitiva de la consecución de más recursos. De la búsqueda de mercados en un mundo mucho más integrado.

La primera opción supone la existencia de un país incapaz de competir, derrotado, que se aviene a vivir como pueda, en gran medida encerrado. La segunda a esforzarse, encontrar nichos en los cuales se pueden colocar productos hechos con el esfuerzo de trabajados y empresarios, a explorar y medir riesgos, a competir por sentirse inconforme con lo que tiene y ofrece a su sociedad. En la opción obstruccionista, el Estado juega con el interés colectivo mediante un sistema de endeudamiento que termina ahorcando la capacidad de crecimiento. En el segundo, es el riesgo privado, producto de decisiones individuales pero evaluadas por el interés particular lo que motiva un sector externo menos frágil.

Si se hacen bien las cosas. Si los capitales sienten seguridad y encuentran posibilidades ciertas de ser utilizados, desaparece el problema de la salida de divisas. Se da la vuelta el flujo de capitales. El drenaje ocurre precisamente cuando se juega con la estabilidad de las normas públicas. Cuando estas son desproporcionadas o esquilmantes.