Washington Herrera

Tiempos de esperanza

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Si el gobierno de Moreno prosigue con lo bueno que hizo Correa en el campo social y corrige lo malo en lo político y económico ya tendríamos una línea de definiciones.

En lo social se puede seguir avanzando sin caer en demagogia, sin complejos, pero mejorando la eficacia del combate a la pobreza y su sostenibilidad en el mediano plazo.

En el campo económico cabe planificar un proceso de restauración de los equilibrios fundamentales con una política fiscal que tenga metas claras para los 4 años de gobierno y contemple medidas graduales para afianzar certidumbre y credibilidad.

Ya es un lugar común decir que no habrá desdolarización, pero esto no es suficiente, por lo que cabe esperar que se conduzca la macroeconomía en forma tal que no haya la menor duda de que la escasez de dólares para el funcionamiento del desarrollo económico pueda llevar a que la dolarización termine por consunción. Por eso esperamos que no se insista en el dinero electrónico manejado exclusivamente por el Banco Central, debido a que despierta suspicacias sobre la creación de una moneda sin respaldo que acabaría con la confianza de los agentes económicos y del país en general.

También requerimos certezas de que los depósitos bancarios de la gente no sean topados por el gobierno para financiar los gastos estatales, porque eso puede provocar nerviosismo incontrolable y afectar al sistema financiero nacional. Bien sabemos que teóricamente se puede defender políticas de gasto expansivo con dinero ajeno, pero la realidad exige preservar las expectativas de los ciudadanos que tienen la esperanza de que el manejo económico sea correcto y confiera certezas al aparato productivo que tiene la responsabilidad de crear empleos adecuados, que es la base de la paz social.

Hay cabida a la esperanza si el gobierno de Moreno enfrenta el problema principal del Ecuador que es la baja productividad de su capital humano.

Un país que ya ha comprobado la volatilidad de los ingresos petroleros debe trabajar con un plan productivo que incluya progresivamente los procesos de avanzada tecnología, que potencie el talento y las destrezas de nuestra fuerza laboral como motor de un crecimiento sostenible y auténtico. Afianzando lo que ahora hacemos bien, debemos aprehender los nuevos modos de producción y proyectar volúmenes grandes para el mercado mundial. Es dramático seguir con el retraso tecnológico que causa el hecho de que solo se exporte el 2% de productos de complejidad moderna.

Bien podemos hacer un Plan Nacional de Competitividad Productiva en conjunción con la empresa privada, que es la que da el 80% de los empleos adecuados, para mejorar rápidamente la calidad de los productos nacionales y bajar los precios para ser competitivos.

De lo contrario seguiremos endeudándonos sin límite para gastar y gastar y no producir, como Venezuela.