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En los años noventa había un programa cómico español que se burlaba de las telenovelas latinoamericanas. La burla consistía en colocar, dentro de la trama de una supuesta telenovela, a una persona “normal”, un ser simplemente “sensato”. Hoy, con lo de Cuba, Obama me recuerda a este ser “sensato”.

El programa español consistía en lo siguiente: arrancaba una típica trama de telenovela, en la que, como siempre, el público sabía quiénes estaban enamorados, quiénes eran padres de quién, quiénes eran los buenos y los malos, etc. Y los únicos que ignoraban esas realidades eran los personajes del “culebrón” que sencillamente eran incapaces de ver lo evidente (excepto por esa viejita que siempre andaba triste, puesta una chalina y aunque lo sabía todo, nunca lo contaba y máximo llegaba a decir “ay hijita, si tú supieras lo que yo he visto y oído en esta vida”).

En ese momento aterrizaba, en este mundo de ciegos, sordos y mudos, una persona normal que en cuestión de segundos lo arreglaba todo. Juntaba a las parejas que siempre estuvieron enamoradas pero no se atrevieron a confesárselo, explicaba quién era el padre de la guapísima hija de la empleada doméstica que había muerto luego del parto y aclaraba quién se había adueñado indebidamente de la herencia que ella merecía “por derecho propio”.


Y ya. Con eso se ahorraban los restantes capítulos de la novela. Y una infinita sensación de alivio nos invadía a los televidentes.
Algo similar me pasó el miércoles cuando oí el discurso de Obama sobre el cambio en las relaciones con Cuba. Me recordó al ser sensato que llega a un mundo de locos, donde dos países vecinos llevan más de medio siglo con las relaciones más disfuncionales del mundo, donde una dictadura se escuda en un embargo para justificar su ineptitud en lo económico y su represión en lo político y donde un montón de ciegos no quiere ver lo que desde hace décadas es evidente para el público televidente: el embargo nunca sirvió para debilitar al régimen hereditario de los Castro.

Y de golpe, Obama explicaba en su discurso que los EE.UU. abrirían sus relaciones con Cuba a pesar de saber que iba a ser un camino complejo en el que los gobernantes cubanos iban a tratar de aprovecharse del acuerdo, pero que a pesar de eso, la libertad de movimiento de personas, de bienes y de dinero iba a aportar mucho más al bienestar de los cubanos y permitiría demostrar que esas libertades y “la libertad” en general son buenas.

Con eso parecería que nos podemos ahorrar los restantes capítulos de la telenovela. Al menos del culebrón cubano-americano.

Pero no se asuste. Si usted es amante de las tramas absurdas, siempre la quedarán los venezolanos quemando sus visas a los EE.UU., los cancilleres expulsando a los guardabosques alemanes y las expertas en gastronomía coprofágica. Siempre habrá seres yendo contra obvio.