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“Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, / en el hermano sol, / por quien nos das el día y nos iluminas. / … / por la hermana luna y las estrellas, / por el hermano viento / y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo, / por todos ellos a tus criaturas das sustento. / Alabado seas, por la hermana Agua, / la cual es muy humilde, preciosa y casta. / … por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche, / y es bello y alegre y vigoroso y fuerte. /Alabado seas, por la hermana nuestra madre Tierra, la cual nos sostiene y gobierna”…, glorificaba a Dios Francisco de Asís, hacia 1225, en su dialecto de Umbría…

Otro Francisco, hoy, desde Roma, en un ‘dialecto romano’, el español, con independencia mental, sinceridad y coraje, pone a la luz y juzga entresijos de ocultos crímenes y ambiciones flagrantes, tan alejados del evangelio, que no imaginamos cómo su iglesia ha sobrevivido tan largos siglos entre el ocultamiento y la impiedad. Y toma sobre sus hombros la difícil misión de exhortar a cada uno de los países, ricos y pobres, a responsabilizarse de las gravísimas consecuencias del cambio climático que sufrimos, tema cuyo bulto escurren grandes y chicos, Yasuní mediante. La encíclica da ya la vuelta al mundo: se refiere a la obligación de luchar contra ese cambio, cuya responsabilidad eluden quienes más han explotado y explotan el planeta, y provocan una flagrante situación de injusticia contra los países más pobres.

El Papa pide establecer objetivos claros y poderosos de reducción deemisiones; procurar acuerdos en los cuales todos asumamos nuestra responsabilidad y aprovechar los enormes avances tecnológicos, para contrarrestar tanta desgracia.
Esta llamada ‘declaración de guerra a las grandes compañías y a los gobernantes de los países más poderosos que han contribuido al cambio climático y a la pobreza por el uso desproporcionado de los recursos naturales’, entrega una receta que todos podemos acatar: un cambio radical de estilo de vida, para evitar que la Tierra siga siendo “un depósito inmenso de inmundicia”.

Contaminación, carencia de agua, pérdida de biodiversidad, catástrofes naturales… “el enorme consumo de algunos países ricos tiene repercusiones en los lugares más pobres de la Tierra, especialmente en África, donde el aumento de la temperatura unido a la sequía hace estragos en el rendimiento de los cultivos”. Gran responsable: el actual sistema económico mundial. Y como, aquí sí, de herencias se trata, si ‘el interés económico prevalece sobre el bien común y manipula la información para no ver afectados sus proyectos’, las próximas generaciones recibirán “escombros, desiertos, suciedad”.

Habrá, ya las hay, intensas campañas en su contra, ‘financiadas por el sector petrolífero e industrial con inmensos intereses, consideradas responsables del calentamiento de la tierra’.
Francisco habla y escribe en nuestra lengua, perdurable ‘dialecto’ de Roma; quizá así se sienta menos solo y extraño en el difícil Vaticano, en el mundo difícil.

scordero@elcomercio.org