Rodrigo Fierro

Las autobiografías y el olvido

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Ana M. Carvajal, redactora de este Diario, al recorrer el Cementerio de San Diego por el día de Difuntos, se encontró con la lápida de Tania Paredes Aymara, quien popularizó la canción “El día de mi muerte”, uno de cuyos versos dice así: “A mí jamás me acobardó la muerte, lo que si me hace temblar es el olvido”. No se sabe más de Tania Paredes Aymara. Llegó al olvido, de no ser por los últimos quiteños que cantan pasillos de una tristeza infinita. “...y llega el día en que no queda ni un solo testigo vivo que pueda recordar” (A. Muñoz Molina). Son las autobiografías, las confesiones, los testimonios, los “escritos del yo” como han sido calificados, los medios con los que de alguna manera se logra neutralizar la finitud de la vida. De ahí también el portento que le significó al hombre contar con la escritura alfabética, aquella que con fidelidad transmite de generación en generación lo que alguien dejó escrito, inclusive sus recónditos pensamientos, pese a que bien sabido es que “Todos tenemos un secreto encerrado bajo llave en el ático del alma” (C. Ruiz Zafón).

Sí, “Somos lo que recordamos” (R. Steiner), bien entendido que “Una memoria está hecha de lo recordado y lo olvidado, de sus palabras y sus silencios, de sus imágenes y sus vacíos” (R. Ampuero). ¡Eso del tiempo transcurrido! “Entre el alba y la noche hay un abismo/ de agonías, de luces, de cuidados;/ el rostro que se mira en los gastados/ espejos de la noche no es el mismo.” (J. L. Borges).

Testimonios, autobiografías y confesiones, nada tienen en común con ensayos históricos, historias noveladas o novelas históricas. En los “escritos del yo” no cabe el dolor de pensar, tan solo el empeño por recordar a la luz de una clara inteligencia y a sabiendas de las limitaciones que supone eso de recordar.

Desde luego que en una autobiografía caben los comentarios sobre lo que uno pudo ser testigo. Lo que está por demás es la abundancia de precisiones en cuanto a fechas, nombres propios, descripciones geográficas. Tal información supone el riesgo de convertir una autobiografía en una narración. Como a los franceses se les debe precisiones en todos los campos, cito la pregunta que se hace un personaje de una novela: ¿El autor es un escritor o un narrador?

El avisado lector recordará que en mi artículo anterior mencioné que entre las obras de autores cuencanos que me habían llegado se hallaba “Huellas de mi camino” del Dr. Wellington Sandoval Córdova, quien ocupó altas funciones durante los tres primeros años del gobierno de Rafael Correa. ¿Autobiografía o narración? La he leído hasta su final.

Algunos de los hechos que se describen serán de interés de los historiadores de oficio, como el que evidencia que los acontecimientos del 30 de septiembre de 2010, ya eran de conocimiento anticipado de la oligarquía plutócrata guayaquileña.