Rodrigo Fierro

Con esos angelitos ni al cielo

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Debo ser uno de tantos. Los proyectos de ley sobre las herencias y la plusvalía, enviados por el presidente Correa a consideración de la Asamblea Nacional, me tienen perplejo.

Tan es así que no se me ocurrió sumarme a una de las movilizaciones en pugna, lo cual sorprendió a mi álter ego que sabía que cuando lo de Bucaram salí a las calles. Que aquellas leyes apuntan a la redistribución de la riqueza en un país de inequidades monstruosas, me resulta claro, aunque el tufo estatizador que tienen me desconcierta. Que en la práctica pueden tener efectos contraproducentes en la economía del país, está por verse, aunque razones no faltan.
Me ha caído muy bien el paréntesis de serenidad que nos significará la visita del papa Francisco, aunque a decir verdad en parte mi decisión ya está tomada. Con los protagonistas del desastre económico, social y moral de nuestro país, hasta finales del siglo pasado, que hoy se presentan como ángeles de la guarda de nuestro futuro, yo con esos angelitos ni al cielo. Razones no me faltan.

Deben ser muy pocas las fortunas familiares tradicionales que quedan. Contados los casos en los que la riqueza de hoy es producto de tres o más generaciones que se sacaron el aire trabajando. Los continuadores de quienes sudaron la gota gruesa, esos hijos de papá dispendiosos y ociosos, cuando no tahúres que en el juego de la pinta perdieron haciendas inmensas. Otros pasaron a vivir en París, con apenas el trabajo que les suponía enviar a los administradores de sus propiedades ese famoso telegrama: “Venda vaca, mande plata”. Los descendientes de madame ‘Tití’ y monsieur ‘Cacá’, personajes andinos del ‘burlesque’ parisino, desaparecieron.

En la Costa con ‘Los señores del cacao’, novelita histórica, sucedió lo mismo. Es la historia de la propiedad familiar agraria desde la Colonia hasta bien entrado el siglo pasado.
A partir de entonces, más en la Costa que en la Sierra, comenzaron a amasarse fortunas descomunales cuando el poder económico y el político cayó en las mismas manos y hasta se llegó a contar con un banco privado que imprimía billetes sin respaldo ni control alguno. El tráfico de influencias llevado a los extremos.

Deudas al Banco de Fomento o cientos de millones en impuestos no pagados a la espera de condonaciones desde las alturas del poder. Pagos al Estado o a los municipios en bienes que no llegaban a la décima parte de la deuda. Los dos atracos bancarios, de miles de millones de dólares; el más conspicuo de los banqueros corruptos respaldado públicamente por quien se creía dueño del país.

Las víctimas: millones de campesinos, artesanos, gente del pueblo, engrosando los guasmos de miseria en las ciudades o huyendo despavoridos hacia otros lares.

Un negocio redondo comprar en nada terrenos baldíos por los que con influencias pasaría una carretera.

rfierro@elcomercio.org